Miradas
de nube
El arte se ha esforzado desde el Renacimiento por agotar todos los recursos
posibles intentando aprehender algo tan inaprensible como la luz. Difícil
quehacer éste, el de captar algo tan liviano, cambiante y escurridizo
que acaricia objetos, perfila sombras e ilumina rostros; que transforma
los crepúsculos en claridades y provee de calor una íntima
reunión familiar. Sin duda, pretender que la vida se introduzca
en la obra es tan complejo como hacer que la obra respire, se mueva,
se alegre o padezca; que sea portadora, en una palabra, de alma.
Sin embargo, aun siendo una labor de soñadores, algunos creadores
se han aproximado a este mundo de sensaciones. Y para conseguirlo han
utilizado las mejores artimañas, pretextos tangibles para someter
a un elemento tan sutil como inmaterial. Interpretando lo transitorio
de lo cotidiano han accedido a que la luz penetrara por una ventana
hasta su propio taller y alumbrara naturalezas muertas sobre delicados
paños, conciertos barrocos y escenas de amor, se inventara paisajes
de mar y de hielo, amarilleara campos de girasoles o trasnochara en
un solitario bar de carretera. Pero, siempre que Vermeer, Friedrich,
Van Gogh o Hopper, como otros muchos, han invocado su existencia, la
luz ha llevado consigo la fragilidad del silencio.
Luz y silencio mantienen un pacto que espiritualiza la creación
y la coloca en los límites entre la realidad y la ficción.
Para el espectador su presencia es una manera de entrar en el juego
del arte a través de un lenguaje que sale de un universo interior,
el del propio artista. Contemplamos pintura, escultura, objetos, collage...
y aunque observamos sólo aspectos, puras apariencias, quedamos
atrapados entre la lógica de la razón y la inexplicable
intuición del idealismo. Parece un mundo palpable pero, sin embargo,
como todo lo que está más allá de lo material,
resulta misterioso e impenetrable. Cuando nos acercamos, alcanzamos
a rozar los pigmentos, las telas, el papel, la piedra o el bronce, pero
ya vislumbramos lo que Gao Xingjian llama “profundidades oscuras
interiores... visiones que, en el desfile del tiempo, cambian a cada
instante”.
La obra se ofrece como una gran ventana abierta donde todo parece posible.
Trabajar desde ambas premisas –luz y silencio- es un proceso delicado,
como todo lo que significa traspasar límites. Es la imaginación
la que despierta estos encuentros dibujando una indefinida y delgada
línea del horizonte, como aquella a la que sucumbió Chillida,
y nos procura momentos maravillosos donde es posible transformar “
lo invisible en visible”, un proyecto que ha sido misión
no sólo del arte, sino también de la literatura. Artistas
y escritores se han aproximado a la realidad de lo mágico a través
de la plástica y las palabras, haciendo que, incluso, viajaran
juntas en un tren de emociones único.
A este poético viaje se incorpora Berta Ares tratando de adecuar
su obra al espacio, lo que ha auspiciado una creación dibujada
por los pensamientos de Gonzalo Torrente Ballester. La artista construye
con materiales translúcidos la impresión de fragilidad.
Y no hay nada más frágil que la luz y el silencio. Es
una arquitectura de tejidos que permite pasar, a través de la
trama, lo etéreo, mientras provoca matices de penumbra. La malla
de las telas es lo suficientemente ligera para alumbrar espacios agazapados
debajo de la superficie.
Realmente, aquí, encontramos la perspectiva clásica adaptada
a una nueva fisonomía plástica que, sin negar vínculos
con la propia pintura, interpreta la composición desde discursos
fijados sólo por las texturas. Los pigmentos que antes atravesaban
el lienzo han cedido terreno ante materiales discretamente cosidos.
La unión urdida entre los paños recuerda en cierta medida
aquella fina fusión que Max Ersnt perfeccionaba en sus collages
con los papeles. Entonces, el argumento narrativo imaginaba historias
fantásticas que ahondaban en el espectáculo de lo “surreal”.
Sin embargo, Berta imagina un espectáculo que se acerca más
al gesto del Espacialismo en el que se defendía “la existencia,
la naturaleza y la materia como una unidad perfecta que se derrama en
el espacio y el tiempo”.
Y justamente son el espacio y el tiempo los dos pilares que vinculan
estas creaciones a la obra de Torrente.
Porque es en “Castroforte del Baralla”, la ciudad que el
escritor concibe en “La saga /fuga de J. B”, donde el espacio
y el tiempo se detienen señalando las vidas de los protagonistas
y en la que el realismo adquiere tintes maravillosos, pincelados precisamente
por el silencio y por la luz:
“... la ciudad con su niebla se columpiaba en el aire limpio
de la madrugada, se mecía como un péndulo lento, como
un barco que navegase en un espacio quieto... un gran silencio lo arropaba
todo y lo colmaba, como si aquella luz creciente del crepúsculo
fuese silencio-luz.”
Los creadores -el escritor, la artista- insisten en apropiarse de aquello
que escapa a lo real, potenciando sentimientos de contrastes, de horizontes
cercanos atravesados por la tenue línea de lo irreal.
La literatura le sirvió a Berta de pretexto de representación.
Torrente le sugirió no sólo el título de esta muestra,
sino también el motivo que habita en su obra. Porque en cada
una de estas piezas vive el sentido de aquella ciudad en la que gravitan
trenes aéreos, idiomas desconocidos y miradas de niebla que trazan
mundos creativos.
Y fue el azar el que le ofreció el estímulo del procedimiento.
Observando los haces de claridad filtrándose por entre las persianas
de su taller, comprobó la delicadeza del elemento y lo mucho
que influía en la faz de los objetos. Esta contemplación
evoca ineludiblemente a aquella otra visión de Tanizaki cuando
ve reflejada la irradiación exterior a través de biombos
dorados, “desvelando un universo ambiguo donde sombra y luz se
confunden”.
De nuevo, el arte vuelve a quebrantar el horizonte del sueño,
como en los mejores cuadros y las mejores novelas.
Mercedes
Rozas