Pero él inicia por ahí honestamente, por el desván, por los sótanos; así como un cuadrado o un rectángulo están abiertos al vacío del horizonte y nos enmudecen para comenzar una historia.
Podemos pensar que están fuera de época y navegar con el primer Celso Dourado (Benquerencia, 1960) de la misma forma que el pintor decide ensoñarse. Cuando soñamos no hay un antes o un después, la geometría es un pacto para que tú, la persona que miras las imágenes de la rotura, des comprendido.
Precisamente esto: en las aguas del subconsciente -por más que evoquen convención de ruptura con las señoras de Port Lligat y la banda diseñada más onírica al fondo- Celso Dourado decide apropiarse del dolor y torcerlo hasta que sólo queda belleza. Un páramo de rostros, de miradas, cordajes, grapas en las que el trazo estudia una y otra vez el espejo interior para conjurar el filtro de la historia.
Acechar en el naufragio. En cada descenso al torbellino de imágenes el artesano se vuelve más conocedor y trae a cuestas materiales que conforman el virtuosismo futuro. Hoy os detenéis ante el creador Celso Dourado, el artista –a él no le gusta el término- que salió hace años victorioso de un inimaginable combate contra los límites: al Celso niño le reventaron las manos y aún así quiso decidir; agarrarse a la vida, ser libre: pintaría. El sería pintor.
La pintura de Celso Dourado posee todos los ingredientes de una historia verdaderamente épica. Es el relato de quien se enfrenta a la adversidad (y a la abrasión de la inteligencia que intentaron en él –es necesario decir que el éxito fue nulo- las horrorosas argucias de la pedagogía nacionalcatólica) con un programa tan tenaz que apenas puede explicarse desde la rebelión. Somos humanos, nos rebelamos.
Las manos se alargan como un espíritu, se endurecen, rompen en secuencias (Tanguy vigila detrás, Kahlo vigila por la noche boca arriba, vigilan Durero, los paradójicos de Escher y Juan Puchades, que siempre señaló en el dibujo la primera lección donde cualquier técnica está obligada a comparecer) y las faces de la melancolía se desvanecen. Los yermos del cuadro.
Los márgenes habían comenzado siendo sólo eso, yermos, referencia, un marco preciso para ganar profundidad. Ganar tiempo y ganar profundidad son la misma cosa. En el segundo Celso Dourado los paisajes, lo que habían sido apuntamientos levemente oceánicos, puntos de fuga, se van abstrayendo, conquistan rigurosamente el protagonismo que antes había correspondido a la figuración hasta desembocar en un pintor contemporáneo y seguro de si mismo. Llegó a la costa. El trabajo resultó largo, le fue necesario experimentar la textura, combinar elementos inesperados, errar, clarear las tablas, someterlas a escrutinio. Barnices, soplete, muy pocas veces óleo, maderas sabiamente iluminadas que esconden, si uno se aproxima, la ciencia del detalle, sirviendo con eficacia de orfebre la transgresión de lo plano. Entonces acompaña a Tàpies, en el viaje por aquella poética que había comenzando interrumpiendo y desconstruyendo el cuerpo para llegar a la reivindicación de los supuestos objetos pobres, y el pintor los pule, los desgasta, hace líneas con arena casi invisible –A Mariña está dentro-, apaga el cromatismo elegantemente y hace robusto el conjunto, pongamos, ancorando minúsculas cuentas de cristal molido en la disciplina de la tierra. Ritmo y solidez que dialogan ya con la forma del tríptico sugieren que Celso Dourado necesitará, en lo sucesivo, más espacio para seguir narrando.
Entráis en una sala en la que vais a asistir a una aventura de cadencia larga a una pasmosa determinación estética que nunca se complace mirando hacia atrás. Allí donde rebelión y belleza confluyen, cuando Celso Dourado decide luchar por la pintura, ser libre, no sólo regala el placer –a veces inquietante- de pararnos ante sus cuadros, sino
que desvela un secreto: la obra modela también al creador.
Xavier Cordal
POETA