La
obra de Pedrosa, está destinada de antemano a perpetuar algunos
de los parámetros estéticos que fraguaron la obra madura
de este artista, durante la ultima década del siglo que acaba
de terminar. Un credo creativo vigente en la actualidad, en cuyo epicentro
se halla la materia pictórica, y del cual Pedrosa ha cambiado
más la forma que el fondo. Y es precisamente en éste,
el fondo de los cuadros agrupados en su ideario, espacio-superficie
ambivalente que va poco a poco cobrando presencia, no ya por ser el
lugar o la ausencia del mismo, sino por hallarse en él la auténtica
configuración de la pintura. Procedencia y destino a un tiempo
de las anti-formas que alberga, entre ambos esa senda obligada que reúne
principios diametralmente opuestos, laxitud e ímpetu, estatismo
y movimiento, objetivación y subjetivismo, orden y azar...
Avanza el cuadro y se detiene sutilmente ante la pertinaz nebulosa de
una atmósfera cargada, los colores evanescentes pierden su brillo
para resurgir de nuevo condensados en bloques alineados, como estacas
hirientes en el centro mismo del vacío, la luz. Pedrosa parece
haber asimilado los pormenores de un expresionismo abstracto trasnochado,
que el artista revitaliza rompiendo inteligentemente las ataduras del
pasado, para extraer de la vieja escuela ciertos signos convertidos
hoy en universales, entre los que figuran la expresión como sensación
plástica concreta, la vitalidad de la pintura misma, o la destrucción
de la imagen y sus asociaciones simbólicas.
Aunque esa necesidad interior derramada en manchas, holladuras, granulados
y oleosidades son fruto de veleidades antojadizas, nacidas de un estado
íntimo con frecuencia indescriptible, lo cierto es que Pedrosa
traza una especie de línea imaginaria entre lógica e inconstancia
quizá visible, entre la belleza mística de armonías
cromáticas que permanecen organizando espacios, y los desvaídos,
fugaces gestos atonales surgiendo entre geometrías asimétricas
como espectros o sombras aleatorias sobre el muro. El lienzo-pared recoge
mudo las luces reflectantes, las huellas inconclusas de una caligrafía
automática, los ecos lejanos de un paisaje inexistente cerrado
y perfecto, destruido ahora y ahogado en la materia plástica
( betún, aceite, pigmento, látex... )
que se expande sin límites. En otras palabras, Guillermo Pedrosa
vuelve a cuestionar los prolegómenos de la pintura, de esa idea
previa que desde el reduccionismo sistemático formula el arte
teorizándolo, proponiendo la supervivencia del ser individual,
de ese yo viviente y agonizante en cada proceso de creación.
Amalia García Rubí