El
deseo de Quintana Martelo es entonces ocupar a la vez dos espacios:
La amplitud, fundada gestualmente, de la abstracción, y las formas
particulares de un realismo cotidiano que enfatiza la presencia del
artista por medio de objetos, pinceles, platos, fruta, que reemplazan
a su persona. No siempre ha sido así; los cuadros de Quintana
Martelo de principios y mediados de los noventa, ponen de manifiesto
que la verosimilitud exacta ha sido clave en su arte: durante esta época,
cuadro tras cuadro el artista regresa a un persuasivo lenguaje de periódicos,
fruta, verduras, paraguas y flores, donde los objetos retratan la estructura
de una existencia vivida en el lenguaje de la forma. Su refinamiento
y detalle en estos estudios de vida lo convierten en un artista ante
el cual no es posible permanecer indiferente; la particularidad de los
cuadros les permite destacar como creaciones tanto de su mente como
de sus manos, forjando un diálogo entre la experiencia y su resultado.
La exquisita, asombrosa precisión de los cuadros, en conjunción
con la falta de presencia humana (sólo uno o dos cuadros de este
período representan figuras humanas), los convierte en alegorías
del deseo, donde la presencia de la belleza se manifiesta en algo más
que en una simple alusión: las flores mantienen su oportuna belleza
a pesar de que el pintor sabe, al igual que nosotros, que su elocuencia
es sólo momentánea, un instante frente a su propia mortalidad,
que es también la nuestra.
Esto
es exactamente lo que otorga emotividad y plenitud a la pintura de Quintana
Martelo; es un experimento acerca de la belleza certera del momento.
Atrapa el instante y se habrá ido, parecen decir sus cuadros;
es imposible agarrar la profunda tristeza de aquello que forma el tiempo,
enemigo de la pintura y su verdadera condición. La pintura envejece
de modo diferente al espectador; extiende un diálogo entre lo
que le precede y lo que le sigue pero, al contrario que nosotros, no
se debilita con el tiempo. Las naturalezas muertas de Quintana Martelo
son apuntes que reflexionan sobre la capacidad que posee la cultura
de negar, por el momento, la inconsciencia que es parte de nuestro destino
nada más nacer. Su objetividad está envuelta así
de un aura de melancolía, porque captura no sólo la amplitud
que rodea la estética de la pérdida, sino también
la dudosa falta de seguridad que muchos de nosotros asociamos con la
naturaleza, que después de todo nos recuerda nuestro inevitable
destino, la muerte. Frente a ese reconocimiento de nuestros límites,
es posible derivar un lenguaje de pérdida que celebra lo efímero
prestándole atención, y esto es lo que sucede en las primeras
obras de Quintana Martelo. Engaña a nuestra conciencia de la
muerte enfrentándose a ella con un lenguaje que incorpora la
conciencia a la forma, de modo que la belleza del detalle resulta al
principio ensombrecida para luego reinventarse en luminosas afirmaciones
del ser, en la antítesis de la muerte.
(Fragmento
Jonathan Goodman)
Es
un gran pintor porque pinta lo que quiere y consigue que nos demos cuenta
de que pinta lo que quiere. Hace que sintamos su desasosiego cuando
pinta, su desasosiego cuando vive. Nos llegan sus dudas y sus preguntas.
Y nos llega su inquietud de hombre y de artista que no se agota, que
pude mostrarnos las dos caras de una realidad encerrada en sí
misma. Y él está detras de las dos sin flaquezas.
Su mayor habilidad es habernos podido construir en cada uno de sus cuadros
un apasionado mapa de su verdad. ¿Podemos pedirle más
a un creador que se nos muestra así de aferrado a su trabajo?
(Fragmento Acerca de la obra de Manuel Quintana, Marcos-Ricardo
Barnatan)
Quintana
Martelo busca el contraste de una serie de campos de color con una figuración
más estricta, dibujando una experiencia espacial diferente, combinada.
Y, ciertamente, no es la primera vez que su pintura encara esa tensión
entre lo figurativo y lo abstracto -en no pocas situaciones, cultivó
un tio de abstracción geométrica dominante-, que se sitúa
en una suerte de tierra de nadie. Hay que significar que Quintana Martelo
mantiene un interés por trabajar desde las imágenes más
elementales -sin duda, continúa siendo el objeto su punto de
partida; incluso en la abstracción más pura de éste
o su huella es, de alguna manera, sugerida, aún de forma no buscada-,
o más concretamente, desde las más cercanas, las que recoge
de la realidad cotidiana. Una familiaridad, un déjà vu,
que acaba por inquietarnos producto de extrapolar esa realidad conocida
a un espacio indeterminado, subjetivo. Unas confesiones de hace unos
años resultan altamente reveladoras: "el objeto ha de parecer
tan real que deje de ser él mismo, tanto, que podría no
estar, transformarse en otra cosa. Así, de esta forma, acabaré
(y acabará el espectador) viendoo lo que el objeto es, no lo
que parece".
(Fragmento de Ironías de un déjà vu, David
Barro)