Texto: Pedro de Llano
Librería-aparador (1996)
Una colección de arte es, entre otras muchas cosas, un dispositivo capaz de contar infinitas historias. Al reunir obras de diferentes autores, lugares y épocas en un mismo espacio y bajo unos criterios específicos, los diálogos que se producen entre ellas son inevitables. Unas veces porque unos autores hacen referencia a sus predecesores. Otras, porque existe algún tipo de coincidencia geográfica o histórica. En ocasiones, estas conversaciones pueden convertirse en homenajes, en reconocimientos explícitos de una tradición cultural. Lo más frecuente, sin embargo, es que los distintos discursos entren en ‘conflicto’ para mostrar maneras diversas de entender y de representar la realidad, así como de intervenir en ella. Desde esta perspectiva, una colección es pues un universo complejo, multidimensional, que reproduce, a través de la subjetividad de los artistas, experiencias y acontecimientos históricos que los espectadores interpretan para dar lugar a debates que afectan a su contemporaneidad.
Simplemente con tomar una pieza del conjunto como punto de referencia, como sucede en este caso, a propósito de la obra Librería-aparador (1996), de Manolo Valdés, es posible desarrollar un relato que habla de la historia reciente de España y que arroja luz sobre los numerosos cambios que se han producido en este país en los últimos cuarenta años. Librería-aparador es una obra que pertenece a la etapa madura de un artista nacido en Valencia, en 1942. Se trata de una escultura que representa un mueble que aloja libros en su parte inferior y copas y otros enseres domésticos en la superior. Todos los objetos que la componen han sido tallados o elaborados en madera de roble y su apariencia los situa entre la solidez y la funcionalidad propia del mobiliario y una cierta inestabilidad y tosquedad que, de alguna manera, remiten a una reconstrucción realizada a partir de la memoria, como si se tratase de un dibujo o de un esbozo que trata de recuperar algún recuerdo perdido. Se trata, en cualquier caso, de una visión personal de un mueble que fue cotidiano en algún momento, tal vez en la infancia del artista, pero que resulta anacrónico en un mundo tecnificado y racionalizado en el que este tipo de objetos responden a necesidades completamente distintas. Así, frente a la simplicidad y al mero valor de uso de las librerías actuales (por no hablar de los aparadores, que guardaban vajillas para familias numerosas, se sacaban los días de fiesta y han desparecido de muchos hogares en el presente) este obra, realizada en 1996, evoca un mundo que ya no existe.
Paradójicamente, este aire nostálgico que se percibe en Librería-aparador, convive con un sentido de la historia más contemporáneo e inmediato. Ya que se trata de un trabajo que se contextualiza en un momento en el que la predominancia de lo visual, de lo objetual y lo matérico vivía un cierto auge en el mundo del arte, tanto a nivel internacional como en España. Sin duda, el fuerte desarrollo que el mercado experimentó en los años noventa, con la feria de arte ARCO como máximo exponente, favoreció un tipo de producción artística que, por un lado, recuperaba los géneros tradicionales -la pintura y la escultura- mientras que, por otro, experimentó con grandes formatos vinculados al nombre de un artista con prestigio internacional. Una obra como Librería-aparador podría ser representativa de este momento y marca un punto de inflexión en la carrera de Valdés: se encuentra en el ecuador de la evolución que se operó en su proyecto artístico (individual) desde sus primeras pinturas de los ochenta hasta las esculturas monumentales que ha presentado recientemente en diferentes ciudades españolas.
Frente a esta actitud ante la producción artística, las obras del Equipo Crónica, del que Manolo Valdés formó parte hasta que se disolvió a causa del fallecimiento de su compañero Rafael Solbes, en 1981, contrastan vivamente. Son trabajos, como Escena Bucólica (1978), también presente en la Colección Fundación María José Jove, característicos de una etapa que se inició a mediados de los sesenta y coincide con los momentos de mayor lucha política contra el franquismo y con los primeros años de la transición. En ese contexto, artistas como Valdés y Solbes concebían su actividad como parte de una renovación profunda de la sociedad en la que vivían. Su interpretación de los nuevos lenguajes procedentes de la cultura popular, el uso que hacían de las técnicas de reproducción en serie, la influencia de los medios de comunicación de masas o el cuestionamiento de conceptos como los de la ‘originalidad’ o la ‘autoría’, a través del trabajo colectivo y de la disolución de la figura del artista en una estructura anónima, eran todos elementos que formaban parte de un proyecto doblemente transformador en lo artístico y en lo político. Es decir, de una iniciativa, compartida por otros autores en aquel tiempo, como Eduardo Arroyo, también presente en la colección, destinada a transformar los valores sobre los que se fundaba una realidad social injusta y autoritaria que la dictadura había cimentado desde la Guerra Civil. Las diferencias que hay entre dos obras como Escena bucólica y Librería-aparador son, en efecto, numerosas. Tantas como las que pueden existir entre la España de 1978 y la de 1996. Una es una obra desmitificadora que trata la historia -representada por el aluvión de signos pictóricos que se abalanzan sobre las figuras de los ciegos, en referencia a artistas canónicos como Brueghel, Leger o Kandinskycomo una especie de diluvio o de tornado para el que nada es inamovible, para el que nada dura eternamente. El síntoma de un momento de cambio que tal vez se puede relacionar con la agitación y el dinamismo de la composición. La otra, por el contrario, muestra la apariencia serena de una ruina que ve pasar el tiempo. Hay en ella un estatismo y una melancolía que contrastan intensamente con la vivacidad de la Escena bucólica. Así, mientras que la primera es una obra abierta que transmite el optimismo propio de una experiencia plena de energía, la segunda transmite un cierto ensimismamiento provocado, quizá, por los recuerdos de una vida ya pasada que permanecen atrapados en unos libros, tallados en la madera recia del roble, que parecen haber sufrido un proceso de fosilización y decadencia.
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