El eclipse: la geografía de la nada. M. Antonioni
Desde los inicios del arte cinematográfico
el establecimiento del espacio tanto
en el aspecto matérico (el fotograma sólo y en conjunción
con los que le
siguen), como en el visual y sonoro (centrándonos fundamentalmente
en el
ámbito del denominado cine de ficción clásico),
parece no tener otra función
que la de contener todo lo que con posterioridad desfilara en la
pantalla para
deleite del espectador. Esta supuesta paradoja de la creación
de un espacio
con capacidad de anular su existencia o amortiguar su presencia
en función de
la supremacía de la narración de hechos y eventos,
promulgada y sancionada
a lo largo de los primeros tres decenios del siglo XX por la industria
norteamericana,
es puesta en jaque por el film del que pretendemos ocuparnos. Tal
diatriba
propugna una serie de reorientaciones en la experiencia estética
del
espectador clásico (1) que se acerque a la obra de Antonioni
en general, y en
concreto, al film que clausura su célebre trilogía
de la incomunicación, El eclipse (2).
Si la intención inicial de nuestras reflexiones es realizar
una exégesis sobre
dicha obra para su inclusión en un corpus de textos sobre
los espacios públicos,
también debemos establecer que esta idea germinal no será
más que una
mera excusa para abordar una nueva manera de concebir el espacio
fílmico;
opción generada por una nueva aptitud ante la narración
cinematográfica:
ante lo que se narra y cómo se narra.
El eclipse, al igual que sus dos predecesoras, es un trabajo sobre
la topografía
de los sentimientos, sobre la incapacidad de los individuos para
vehicular
sus emociones, y su discapacidad para comunicarlas. Estas coordenadas
temáticas son explicitadas al inicio del film en la secuencia
entre Vittoria y
Ricardo. En el interior de una vivienda el espectador asiste a la
ruptura de una
pareja. La puesta en forma de este hecho, dista mucho de la configuración
narrativo-espacial generada por el modelo de narración clásico.
Antonioni
adopta en El eclipse una estructura formal que se encuentra en las
antípodas
de lo que conocemos como clasicismo, ¿podemos considerar
como canónica
una gestión del encuadre y una posterior edición de
imágenes, que como establece
Núria Bou (3), rechace el plano contraplano como medio para
la concreción
pasional de los personajes? ¿acaso contempla este modelo
la posibilidad de la
inacción de los personajes, la anestesia emocional, el deambular
sin rumbo
cual espectros que solamente pueden aspirar a un status epifánico
casi constante
y a su posterior desaparición en un espacio de marcada referencialidad
realista?
Responderemos a estas cuestiones con un rotundo no, para a continuación
intentar precisar el alcance de esta negación en los niveles
estéticos que pretextan
la gestación de este texto. Retomando la escena inicial en
la casa de
Ricardo, podemos inferir que nos hallamos ante una configuración
del espacio
fílmico que, aunque de marcado e incluso sublimado carácter
realista, propone
una ruptura diáfana del espacio clásico. La gestión
del encuadre y el particular
uso del montaje, mediante la anulación de la figura canónica
de la sutura
de miradas, el plano contraplano, y el cambio operado en el uso
del fuera
de campo y el plano subjetivo, generan una escena prototípica
de un espaciotiempo
nuevo, y por lo tanto de otra forma de relato. La utilización
de estos
recursos promueven una narración en la que el espacio va
a alcanzar un status
dramático privilegiado y posiblemente único en el
cine de ficción.
Detengámonos brevemente en la elisión de estas figuras
canónicas. El rechazo
del plano contraplano produce en el seno del relato la imposibilidad
del
encuentro entre las miradas de los personajes; la anulación
de la primordial
figura clásica para vehicular y establecer la pasión
amorosa, a través del uso
de los primeros planos encadenados de unos ojos que miran a unos
ojos que
los miran (retomando a Núria Bou). Los personajes no encuentran
respuesta
en el otro, abismándose, de esta manera, en un constante
ir hacia un más allá,
una suerte de plus ultra temporal, de vacío existencial.
Si la ausencia de esta
figura de montaje sume al personaje en el vacío, el otro
coadyuvante que
refuerza esta situación, será el uso particular de
un fuera de campo que al
hacerse presencial revela la importancia simbólica de los
objetos; vulnerando
el estatuto profilmico del clasicismo (en el que el espacio del
plano, su fuera
de campo y su contenido no humano, adquiría la función
de contextualizar y
hacer verosímil las acciones y avatares de los personajes,
auténticos generadores
de la progresión dramática del relato).
Ante esta novedosa propuesta, en la que la lógica secuencial
en sus marcos
espacio-temporales (4) adquieren carta de diferente naturaleza,
de nuevo orden
para configurar el universo del film a nivel estético y argumental,
surge inevitablemente
la siguiente cuestión ¿cuál va a ser el vector
sobre el que se edifica
el relato? El espacio: figura que vertebra la progresión
de la narración configurando
un nuevo orden dramático conducido por las figuras de la
suspensión
y el vacío.
Si el propio título del film, remite a la opacidad emocional
de los personajes y
a su aislamiento, no se revelará entonces el espacio (como
contenido y no sólo
como continente) como la única vía posible para realzar
esa singladura errática,
ese deambular constante hacia la nada. Un constante caminar sin
rumbo
que se materializa en los infinitos juegos de llenos y vacíos
del plano, en esas
constantes epifanías y desapariciones de los personajes en
estancias de viviendas,
calles, parques, avenidas, espacios de tránsito (puertas,
escaleras) en los
que al igual que espectros no dejan constancia de su presencia,
de su no vivir.
Espacios desertizados, huérfanos de la figura humana tanto
en su presencia
como en su ausencia; topografías que adquieren entidad por
sí mismas, que
relevan una densidad significante pocas veces alcanzada en el cine
de ficción,
que remarcan su referencialidad realista, su identidad respecto
al mundo, al
orbe de los seres que lo transitan.
El eclipse revela un universo en el que los espacios privados (entendamos
como tales las viviendas) se encuentran siempre vulnerados por el
exterior
a través de esos lienzos de cristal, de ventanas que permiten
la permeabilidad,
la conexión de ambos mundos; denotando la condición
espectatorial del personaje, de individuo que mira el mundo sin
participar del
mismo, negando la acción en todo momento. Esta indiferenciación
exteriorinterior
es la que posibilita la plasmación de esa inestabilidad,
de ese paradójico
movimiento sin acción, cinética inerte que define
a los personajes y que
se plasma en esas incorporaciones a medias en el campo visual, en
las constantes
posiciones de espaldas a la cámara, en los significativos
apoyos de
Vittoria en elementos de la arquitectura interior o exterior (marcos
de puertas,
columnas, paredes...) etc., cimentando, más si cabe, ese
estatismo.
Dado que el espacio se erige como el aglutinador de la dramaturgia,
nos
encontramos con la insalvable paradoja del cambio, de la permutación
de las
doctrinas centristas. Si para el cine clásico, de marcada
tendencia antropocentrista,
el personaje es el centro del universo diegético, Antonioni
parece promulgar
un nuevo universo: en el que la transitoriedad de la existencia
humana,
no sólo es relegada, sino más bien reafirmada (en
su precariedad existencial)
por la perdurabilidad del espacio como tal. Figura que adquiere
dimensiones
casi metafísicas en la sucesión de planos con los
que se cierra el film, imágenes
de objetos, construcciones y personas que potencian la trascendencia
temporal del espacio, y de su contenido, lo material, lo perdurable,
como contraste
respecto a la insignificancia de la fugaz existencia del hombre
moderno.
Los seres que pueblan (o despueblan) los films de Antonioni son
siempre
espectadores desde una ventana, abierta al desgaste de la temporalidad
vital (N Bou: 159)
Suso Novás Andrade
(1) Es pertinente recordar que al igual que sucede en otras manifestaciones
artísticas, el establecimiento de un modelo canónico
en el seno de un arte (industrial en este caso) genera en el ámbito
de la recepción un espectador modelo, fruto de la experiencia
adquirida a lo largo de su interacción con esa maniera de
gestar un corpus artístico.
(2) La aventura (L'avventura, 1960 ) y la Noche (La notte,1961)
(3) Nuria Bou: "Plano/Contraplano: de la mirada clásica
al universo de Michelangelo Antonioni", y "Michelangelo
Antonioni: Arquitectura de la Visión", edición
bilingüe italiano-castellano.
(4) Esta vulneración de la norma se evidencia en la ausencia
de aplicación los principios de causa y efecto para la concatenación
de las diferentes secuencias que componen el film. Es necesario
observar el cambio de vestuario de los personajes para colegir la
inexistencia de la lógica causa-efecto-espacio-tiempo inherente
a la narración clásica.
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