PUBLICACIÓN DE ARTE Y CULTURA
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Edita


MUSICALES EN LONDRES

No cabe duda de que el género del Musical siempre ha gozado de gran
popularidad y atractivo para el público, especialmente el estadounidense
con su mítico Broadway de la Gran Manzana, pero es innegable que
en los últimos años el boom de los Musicales ha trascendido fronteras y
en nuestro país ya estamos acostumbrados a ver este tipo de espectáculos
en la Gran Vía madrileña. No hace tantos años que se inició la
andadura española de los Musicales, con el exitoso El hombre de la
Mancha, que abrió las puertas de estos eventos a un nuevo público que
continúa peregrinando a la capital exclusivamente para ver este tipo de
shows: El fantasma de la ópera, Cats, Cabaret, La bella y la bestia,
Mamma mía o el reciente Hoy no me puedo levantar, entre otros
muchos, que ocuparon o aún ocupan un lugar destacado en el entretenimiento
de la noche madrileña.
Si bien unos son espectáculos creados ya hace décadas - aunque hoy día
siguen llamando la atención por sus espectaculares puestas en escena y
maravillosas voces-, otros son representaciones teatrales de películas -especialmente
de Disney- y algunos son la excusa para recuperar los éxitos de viejos
grupos musicales, todos ellos mantienen una constante común: se nutren
de temas que ya fueron grandes éxitos en el pasado, no hay novedades. Y las
pocas que hay -no olvidemos el caso del original Sesfebú, realizado en
Asturias- no pueden competir ante los empresarios con obras ya consagradas
que garantizan pingües beneficios.
A pesar de todo, no se puede negar el atractivo de un buen musical: maravillosos
decorados, increíbles voces en directo, canciones pegadizas y una historia
entretenida. Si a estas características se puede añadir una oferta de casi
30 espectáculos diferentes a elegir, ¿quién se resiste a asistir a uno?. Además
de en Broadway, podemos encontrar todo esto en otra de las grandes capitales
de la cultura musical, y a solo un par de horas de vuelo de la Península:
Londres.
Con más de 40 teatros solo entre Oxford Street y Trafalgar Square, la oferta
de teatro musical es absolutamente impresionante. Cuentan además con el
aliciente de poseer un elenco de actores reconocidos por el gran público, gracias
a su participación en series televisivas o películas de cine. En estas fechas
coinciden en los escenarios londinenses artistas como: Val Kilmer (El Santo)
o David Schwimmer (Friends) en obras puramente teatrales; Ewan McGregor
(Moulin Rouge) y Jane Krakowski (Ally Mcbeal), que ya demostraron su
faceta como cantantes en las mencionadas obras, y ahora protagonizan
juntos el musical Guys and dolls; o Brooke Shields (El lago azul), que ya
recibió excelentes críticas en Broadway con el musical Wonderful Town y
ahora aparece como una de las protagonistas de Chicago, junto a Charley
Izabella King.
Resulta difícil elegir uno entre tanta oferta (Billy Elliot, The producers,
Fame, Saturday night fever, The far pavilions, The lion king,...), pues todos
presentan alguna peculiaridad que los hace únicos. Así, podemos hablar de la
personal voz del protagonista de Les misérables, que parecía áspera y rota en
el registro medio y sorprendía con brillantes agudos, y de la escenografía del
mismo espectáculo, consistente en un espacio redondo que iba girando con
nuevos decorados -tendencia que parece de moda, puesto que también se ha
podido ver el mismo mecanismo en la ópera 1984 de Lorin Maazel, estrenada
mundialmente hace un mes en el Covent Garden, o en la nueva versión de
la zarzuela El barberillo de Lavapiés.
Aunque sin duda, si hablamos de espectacularidad visual no podemos dejar
de mencionar a Mary Poppins, con una magnífica escenografía y unos efectos
especiales sorprendentes -como el vuelo de la protagonista con su singular
paraguas por encima de las butacas o el caminar del deshollinador por techo
y paredes- , por no hablar de las geniales coreografías perfectamente sincronizadas
de varias decenas de personas sobre el escenario.
Por todo lo contrario llama la atención Chicago: un maravilloso espectáculo sin
ningún tipo de decorado ni vestuario especial, pero que engancha de principio
a fin. El escenario está ocupado en su totalidad por la Big-band que pone
música a la obra, situada en una plataforma gradada de cara al público, y en
el espacio que queda delante, así como en el pequeño pasillo central de la propia
grada, es donde se desarrolla toda la acción. Todos van vestidos de negro,
con una peluca castaña y levemente ondulada la protagonista, Brooke Shields,
y una sugerente peluca rubia su antagonista, como únicos elementos ornamentales.
Todo el elenco canta, baila e interpreta por igual, destacando no
obstante los perfectos movimientos del escueto cuerpo de baile, la estupenda
voz de C.I. King y la carismática interpretación de B. Shields en el
papel de Roxie. Sin duda, todo un lujo para los sentidos.

Nuria Blanco Álvarez

 
 


LARS VON TRIER: REINVENTANDO EL CINE


Manderlay, la última película del inquieto director danés Lars Von Trier, fue presentada
en la sección oficial del pasado Festival de Cannes. Es esta la segunda
entrega de su trilogía sobre Estados Unidos, un filme que desde el punto de
vista estético sigue la estela de Dogville, con un solo escenario donde las luces
y las sombras parecen recortarse sobre la pantalla, y con unos decorados mínimos.
La relación del cineasta con el Festival comenzó en 1984, cuando recibió
un premio por Logro Técnico con la sugerente El elemento del crimen. Pero es
a partir de Europa, con la que recibió un tercer premio en 1991, cuando la
carrera de Lars Von Trier alcanza una madurez, tanto estilista como emocional,
que hizo que todos volviéramos la vista hacia su trabajo, y por extensión al de
unos cuantos directores daneses que, junto a él, indagaron y experimentaron
con el lenguaje, la estética y la técnica cinematográficas.
Europa nos sitúa en la Alemania derrotada de la posguerra, un paisaje desolador
transitado por un tren, que le sirve a Trier como metáfora narrativa para
mostrarnos el viaje interior de su protagonista, un hombre incapaz de sobrevivir
con su alma intacta al devastador horizonte que conforman los supervivientes
de una sociedad moralmente rota. El amor, que al principio aparece
como elemento salvador, acabará siendo en cambio el elemento catalizador
que termine por destruir a nuestro hombre. Comenzamos a ver en Europa
algunas de las obsesiones más recurrentes en el cine de Trier, porque además
de su continua preocupación por ensayar distintos modelos gramáticos,
su cine nunca pierde de vista a los personajes, unos personajes cuyos periplos
emocionales, casi siempre llevados al límite, terminan por arrastrar al
espectador hacia incómodos rincones de su conciencia. En sus historias siempre
aparece un hombre o una mujer cuya bondad, casi infantil, acaba siendo
trascendida y destruida por el monstruo que habita en nuestro interior. Son
sus películas, extrañas y lúcidas alegorías del profundo desamparo de los
seres humanos.
Asegura el director que no existe una gramática del cine, que cada filme crea
su propio lenguaje. Es esta una afirmación coherente con su obra, pues su
evolución como cineasta parece obedecer a determinados impulsos creativos,
y no a unas pautas meditadas o claramente perfiladas. Estamos pues ante un
artista libre y honesto que cuenta lo que siente en cada momento. En Europa
consiguió sorprendernos con el uso de superposiciones, de proyecciones traseras,
o de cambios dramáticos con el uso alternativo del blanco y negro y del
color. En esa época sus películas eran muy técnicas, y quería controlarlo todo.
Dice que no se rodó ni un solo plano que no estuviera antes en el storyboard,
lo que convertía el proceso de rodaje en algo muy doloroso. En Los idiotas, en
cambio, no pensó ni un segundo en cómo iba a rodarlo hasta que se puso a
ello.
Pero sigamos cronológicamente. En 1996 aparece Rompiendo las olas, un
obsesivo melodrama que ahonda en el sexo y la religión, y en el que destaca
el trabajo de Robby Müller, con sus imágenes captadas con la cámara
en mano, y la brillante interpretación de una Emily Watson que nos
sumerge de forma magistral en el dolor y la desesperación de su personaje,
y que consiguió por este papel la Palma de Oro en Cannes. Ya se adelantaban
en esta cinta algunas de las reglas que, junto a otros directores daneses
(entre los que se encuentra Thomas Vinterberg, director de la incontestable
obra maestra Celebration), concibió en la primavera de 1995, y que iban a
conformar el Dogma 95.
No voy a enumerar aquí todos los preceptos del Dogma 95, unas normas que
surgieron como reacción a la artificialidad reinante en el lenguaje cinematográfico,
y que exigen entre otras cosas que el filme se ruede en escenarios
reales (no se pueden incluir decorados artificiales), con sonido directo, con la
cámara siempre al hombro, sin usar de forma efectista la iluminación, sin
efectos especiales de ningún tipo, sin manipular el espacio, el tiempo o la
acción… Creo sinceramente que todo lo que sea replantearse los modelos
narrativos, buscar nuevas experiencias, o reaccionar ante las propuestas asumidas,
es positivo para cualquier forma de expresión artística. La belleza está
en la búsqueda, y el único dogma que debe persistir es la duda. Lo que debemos
preguntarnos es si este afán por alejarse de la manipulación técnica (algo
por otra parte inherente al cine) para encontrar la esencia, no acaba por convertir
esta propuesta en un cine dominado por esos mismos manierismos de
los que pretendía escapar.
En cualquier caso, lo que siempre debe prevalecer es una buena historia, y el
Dogma 95 ha amparado excelentes historias, como la antes mencionada
Celebration, o Los idiotas, el radical filme con el que en 1998, Lars Von Trier
desafió gran parte de las convenciones cinematográficas y sociales al retratar
a un grupo de burgueses que aparentan ser retrasados mentales. Es una historia
dura, compleja y desafiante que deposita en las entrañas del espectador
una perturbadora sensación de disgusto, es pornografía moral.
Por fin, en el año 2000, Trier obtuvo la Palma de Oro en Cannes con un musical
moderno y vanguardista: Bailar en la oscuridad. También su protagonista,
la cantante islandesa Björk, consiguió el premio a la mejor interpretación. Sin
traicionar la voluntad, presente en toda su filmografía, de rastrear los complejos
mecanismos del comportamiento humano, y ahondando en el sentimiento
de culpa (tan inherente a los católicos) y en sus consecuencias,
volvió a demostrar su talento como cineasta al rodar números musicales
técnicamente prodigiosos como el de la canción I´ve seen it all.
Después de Dogville y Manderlay, esperamos el nuevo título que cierre
definitivamente su trilogía americana. Será entonces un buen momento
para seguir profundizando en la carrera de este cineasta que afirma que
el único talento que tiene es que siempre está totalmente seguro de lo que
está haciendo.

Antonio Boñar