PUBLICACIÓN DE ARTE Y CULTURA
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La mercancía como tema. Arte y mercancía


A finales del siglo 19 el sociólogo alemán Georg Simmel se había fijado
en el aumento en la cualidad de escaparate de las cosas evocada por las
exposiciones. A partir de aquí, es conocida también la afirmación de
Walter Benjamin acerca del fetiche-mercancía en el contexto de su exhibición.
Y la exhibición nos ha hablado durante toda la modernidad de
una disposición de límites físicos que trascienden los psicológicos. De ahí
también el mismo comentario de Benjamin acerca de la mirada atónita
y maravillada de los obreros ante todos aquellos productos industriales
por ellos producidos pero destinados a desplazarlos. Finalmente, sería
Debord quien en su conocido La sociedad del espectáculo desarrollaría
el mismo tema como leit-motiv del capitalismo tardío: la mercancía es
la ilusión real, y el espectáculo su manifestación general; siendo Alba
Rico quien le diese la última expresión a este bucle: el individuo se convierte
en el escaparate de la mercancía cuando estrena: y me estreno
para que me vean. A comienzos del siglo 20 la sosegada fotografía de
Eugène Atget es una buena muestra de esa cualidad de escaparate de
las cosas.
La exhibición ha estado constituyendo pues toda una forma de relaciones
entre los sujetos, forma que se verifica en ese momento en el que
las creaciones humanas son producidas como objetos de cambio. Como
valores entonces. Y la exhibición ha sido también una necesidad del arte.
El arte se vuelve social en ese mismo momento en el que la esfera pública
burguesa, que se concreta en el espacio privilegiado de las relaciones
de intercambio, se ha convertido en la esfera social por excelencia.
Conocemos de sobra las angustias del artista moderno en el espacio del
mercado, de la bohème y el flâneur. Es por ello que la reciente afirmación
del filósofo Boris Groys, en el sentido de que la obra de arte es una
mercancía como cualquier otra mercancía que funciona según las leyes
usuales de la economía de mercado, ya no provoca perplejidad alguna.
Carece de provocación. Y el arte no sólo es una mercancía sino que también
ha convertido a la mercancía y el consumo en su tema. I shop therefore
I am (1997), reza el descartiano slogan de Barbara Kruger, al
tiempo que Gursky exponía sus Prada I-III (1996-98); y no son los únicos.
Shopping: 100 años de arte y consumo (Schrin Kunsthalle,
Frankfurt a.M., 2002) contiene ejemplos para todos los gustos. El mercado
como tema entonces. Y hay algo de perverso en todo ello. En comparación
con la instalación Neuer Supermarkt (1990) de Guillaume Bijl
las sopas Campbell de Warhol han pasado a poseer un aura demasiado
artística.
La utilización del mercado como tema produce también una reafirmación
de sentido en el interior de las prácticas artísticas. Un paquete de cigarrillos
Lucky-Strike no reflexiona necesariamente sobre su condición de mercancía,
aunque su diseño sea auténticamente malevichiano. Es decir, la
mercancía no se necesita reivindicar como tal mercancía. Sin embargo, el
arte, siendo una mercancía, se permite el lujo de tal reflexión: de reflexionar
acerca de lo otro, de lo otro que es la mercancía y que no es el arte.
Y es una reflexión que se verifica casi siempre en el espacio de la exhibición.
Ese espacio en el que el arte se encuentra demasiado cómodo: es su
espacio apropiado. Aparece entonces la exhibición como la antítesis del
mercado: lo que se exhibe aún no se ha comprado y remite a la cualidad
de escaparate de las cosas. Cuando nos adentramos entonces en la exhibición
no vamos necesariamente de compras (aunque el artista haya ido
ciertamente de compras para exponer su propia (re)presentación de la
mercancía), y observamos a un arte que habla de la mercancía en un contexto
que a priori no parece que sea el del mercado. Por ello existen diferenciadas
las ferias y las exhibiciones: el arte para un cambio y el arte en
el escaparate, respectivamente.
Y en la representación artística se han disuelto de algún modo las utilidades
sociales de las mercancías. No estamos por tanto ante mercancías,
estamos ante obras de arte. Sin embargo, el arte es tratado como
una mercancía porque de hecho existen ferias de arte y ello es un legítimo
negocio. El arte se apropia entonces de la forma-mercancía, se presenta
como arte para sin duda no confundirse con la mercancía, y se
cambia en el mercado de productos artísticos como cualquier otra mercancía.
Y esto quiere decir finalmente que la diferencia real entre un
Eroski y la Basel Art Fair reside en el poder adquisitivo de sus espectadores,
o en los criterios sociales del gusto. En términos económicos el
problema remite siempre a las elecciones individuales (demanda). Las
elecciones nos hablan de preferencias que distinguen entre la decisión
de comprar una entrada para un concierto o comprarse un cd en la tienda.
A la economía le cuesta entender aquí criterios culturales, le cuesta
contabilizar las elecciones en términos sociales. Todo depende del poder
adquisitivo y en qué se ha elegido gastar el dinero, o como lo ha puesto
Bruno Frey: todo depende de una elección racional en un marco institucional.
Basel o Eroski. Pierre Boudieu, por otra parte, ha dedicado
enormes esfuerzos a entender este problema desde una perspectiva de
análisis sociológico.
Es por ello que constatando estas tensiones, la presentación del arte en el
lugar de su exhibición no viene a suponer más que su ubicación física en
el lugar del mercado. Siempre y cuando entendamos el mercado de una
manera mucho más flexible que un mero momento de la intercambiabilidad.
Siempre y cuando entendamos el mercado no sólo como un lugar
sino como un procedimiento o estrategia que se pone en marcha. Así
entonces la exhibición de aquello, el arte, que se produce como objeto
para un cambio. Sus mediadores, llámense museos, colecciones o ferias,
no serían finalmente más que esas instituciones dinámicas que facilitan,
en su caso, la circulación de los productos artísticos.
La exhibición y la venta son fenómenos que se derivan demasiado bien el
uno del otro. Se deducen demasiado bien porque ambos proceden del
momento de la intercambiabilidad, porque ambos son elementos constitutivos
del mercado. Estamos entonces hablando de un cambio. Y ahí se privilegian
los análisis entorno a la obra de arte como mercancía. Como el
anteriormente citado Boris Groys: en la circulación general de mercancías
el arte necesita pues de su lugar; el arte se construye así topológicamente.
Y cuando el arte se expone como mercancía, cuando el arte encuentra
en la mercancía o en el consumo un tema para poder ser tratado como
obra de arte, se está refiriendo al hecho mismo de un cambio. La mercancía
y el intercambio son fenómenos ciertamente co-extensos: I shop therefore
I am, volvemos entonces al tema de Barbara Kruger.
Nos situamos pues en el cambio y de manera obcecada, y aceptamos
todas las fantasmagorías que las mercancías nos presentan como objetos
de nuestros deseos. He aquí la forma más habitual de entender el valor
de un objeto, también del arte. Se identifica de una manera subjetiva: con
los deseos e intereses de la demanda en relación a la evolución de los precios
y a los movimientos de toda esa red de intermediarios que juegan,
digamos especulan, con las obras de arte en el interior mismo del mercado.
El valor de la obra de arte se situaría entonces en un lugar impreciso
entre las estimaciones del público y las estrategias de sus intermediarios
o mediadores. Pero sin embargo, cuando ejercemos un deseo tendemos a
olvidarnos de todos aquellos elementos extrínsecos al objeto y que lo han
producido. Nos olvidamos entonces de la producción; y los valores de
cambio se producen, no se intercambian. Por lo tanto, si queremos iniciar
un análisis de la mercancía tendríamos que tener previamente un análisis
teórico de la producción en donde esa mercancía se objetiva. Y precisamente
aquí reside el problema de la obra de arte como mercancía. Es
decir, es necesario entender el arte como producción para poder entender
la obra de arte como mercancía. Mucho más fácil sería dejarse llevar por
analogías tremendamente simplificadoras: la obra de arte es una mercancía
por el hecho de que se cambia en un mercado. Lo que se confirma en
un estadio social como en el que estamos inmersos, que recordemos es
capitalista, es siempre ese hecho anterior: lo producido no se convierte en
mercancía por el simple hecho de haber sido lanzado al mercado, lo producido
es una mercancía por el hecho de haber sido producido como tal. Pues
los análisis críticos se deberían centrar siempre en la naturaleza social de lo
producido, y no en su objetividad específica. Por ello, ya avisaba Derrida que
si una obra de arte se puede convertir en una mercancía, y si dicho proceso
parece fatal, es también porque la mercancía ha empezado por poner en
marcha, de un modo u otro, el principio de un arte.


José-Maria Durán

Bibliografía
Alba Rico, Santiago, Las reglas del caos, Anagrama, Barcelona, 1995.
Benjamin, Walter, Paris, die Hauptstadt des XIX. Jahrhunderts, Ausgewählte Schriften I, Suhrkamp,
Franfurt a.M., 1977.
Debord, Guy, La sociedad del espectáculo, Pre-Textos, Valencia, 2003.
Derrida, Jacques, Espectros de Marx, Trotta, Madrid, 1995.
Frey, Bruno S., La economía del arte, Colección estudios económicos, La Caixa, Barcelona, 2003.
Frisby, David, Fragmentos de la modernidad, Visor, Madrid, 1992.
Groys, Boris, Topologie der Kunst, Hanser, München, 2003.
Hollein, Max & Grunenberg, Christoph (eds.), Shopping: 100 Jahre Kunst und Konsum, Hatje Cantz,
Ostfildern-Ruit, 2002


 

 

 


c a s T I N g, “El Gran Hermano” del arte contemporáneo


El proyecto c a s T I N g, concebido por el artista Antoni Muntadas, nace de
la reflexión sobre la naturaleza y los límites del sistema de promoción artística
en la sociedad actual. Siguiendo las estrategias propias a los medios de
comunicación de masas, en las que la celebridad del artista pasa obligatoriamente
por la promoción de su persona, la obra de arte queda relegada a una
posición meramente anecdótica. Con el fin de interrogarse sobre la viabilidad
de una campaña de difusión basada únicamente en la imagen del artista, al
margen de la calidad de su trabajo, c a s T I N g propone reducir hasta el paroxismo
la importancia de la obra, haciéndola desaparecer por completo.
A través de un concurso lanzado por internet (www.artcasting.net) se seleccionó
el pasado 16 de febrero a un artista entre 158 candidatos presentados,
de acuerdo con su aspecto físico y sus capacidades relacionales, con la intención
de difundir su imagen en el mundo del arte. Para alcanzar este objetivo
se utilizarán las estrategias publicitarias del sistema mediático, del mismo
modo que se haría con un actor o con una estrella de la canción. Los datos de
los que disponía el jurado eran limitados: tres fotografías, las respuestas a un
cuestionario y el curriculum vitae. En ningún caso se tuvo acceso a la producción
artística de los participantes.
¿Cuál es el premio de este casting para artistas? La "visibilidad". Gerardo
Gimona, el joven pintor ítalo-argentino ganador del concurso, será presentado
públicamente durante la inauguración de la 51ª edición de la Bienal de Venecia,
así como en numerosos eventos que giran entorno a esta importante cita cultural.
El pintor deberá aprovechar la coyuntura para establecer relaciones favorables
para su futuro profesional, ya sea a través de la promoción de sus obras
o haciendo valer únicamente las cualidades que le han sido reconocidas.
Estas son algunas de las reacciones del artista frente al proyecto del que
acaba de ser proclamado vencedor.
- c a s T I N g insiste en la "visibilidad" como vía para desarrollar una carrera
profesional en el mundo del arte contemporáneo, ¿cree que es el único medio
para conseguir el reconocimiento público?

El "mundo del arte contemporáneo" es algo horrible, y es por eso, que para
entrar en ese mundo hay que hacer algo horrible: hacerse "visibles" contra la
propia voluntad, prostituir la propia imagen vacía, someterse a todo tipo de
eventos inútiles y frívolos. Yo siempre soñé ser apreciado por la gente de una
manera natural. Pero parece que no es posible. Constantemente tengo que
hacer cosas que no me gusta hacer y siempre termino por escaparme, por
huir, como un gato al que no le tratan bien.
- ¿En qué consiste el programa de eventos que le han preparado?
El día 3 de junio me presentan oficialmente en la "Fondazione Bevilacqua la
Masa" en Venecia, como si yo fuera la nueva camiseta de Ronaldinho. Cinco
días después me presentan nuevamente en la "Villa Manin" en Udine. Habrá
periodistas, habrá pijos, habrá críticos y parásitos del arte. Y yo estaré allí sin
entender mucho. Luego estaré presente los días de inauguración de la Bienal de
Venecia en los "Giardini" (9, 10, 11 de junio), siempre perseguido por los organizadores
de c a s T I N g que irán vestidos de negro, o de blanco, todavía no
está decidido. Pero lo más increíble es que habrá 200 carteles con mi cara por
las calles de Venecia durante un mes. ¿Por qué hacen esto si nunca vieron mis
cuadros? ¿Qué representa mi cara? ¿Acaso mi cara no es solamente mi cara?
- ¿Cuál va a ser su posición ante dichos acontecimientos?
Al principio pensaba en desaparecer, como desapareció Ylenia Carrisi, la hija
de Albano. Si yo desapareciera paradójicamente justo los días en que tengo
que aparecer, frente a ese publico de desconocidos, obtendría dos cosas, que
no sé si son buenas o malas: eludiría situaciones incómodas (presentaciones
formales y preguntas de periodistas) y crearía un escándalo, o sea: me haría
famoso gracias al escándalo de mi inexplicable desaparición. Yo pienso que
una participación "pasiva" me haría realmente popular. Pero me falta el coraje
para desaparecer. Y además, no me quiero perder la presentación oficial de
mí mismo.
- ¿Siente que su rol dentro del proyecto se asemeja al de conejillo de
Indias?

Sí, en realidad tendría que sentirme como un conejito de Indias, pero, por
favor, ¿quién se cree que lo de c a s T I N g es un experimento? c a s T I
N g tiene muchas más ganas que yo de gozar de "visibilidad" y flotar en
las aguas del "mundo del arte contemporáneo".
- ¿Cree que el artista debe prestar la misma atención a la creación de sus
obras que a la de su propio personaje?

No lo sé, sinceramente lo pensé bien y no lo sé. Pero aprovecho esta pregunta
para hacerle publicidad a mi página web, que es www.gerardogimona.
net. Alguien me tiene que ayudar comprándome cuadros, si no ¿yo que
hago? ¿Cómo vivo?
¿Experimento? ¿Publicidad? ¿Sólo una nueva forma de promoción? La Bienal
de Venecia, además de ofrecer una programación oficial, actúa como catalizador
de numerosos acontecimientos relacionados con el arte contemporáneo.
El éxito mediático de las nuevas fórmulas televisivas tipo Gran Hermano entra
en un área hasta el momento inaccesible al gran público. ¿Es éste un paso
más en la comercialización de la propia imagen o quizás sólo una nueva manifestación
de algo que siempre existió? ¿Rompe un tabú o frivoliza la creación
artística? Lo que es evidente es que el ganador posee personalidad y dotes de
provocador, con seguridad las capacidades esenciales en este concurso y, probablemente,
para una carrera dentro del complejo mundo del arte contemporáneo.
Esperamos con interés el desarrollo de los acontecimientos.


Sonia Miralles Bou


 
   

 

 



Consumir preferentemente antes de la fecha de caducidad


Cada año, los especialistas del mundo del arte, y el público en general, acuden
a las distintas "Ferias", "Bienales", "Exposiciones", "Inauguraciones",
etc. para encontrar a artistas u obras de arte que marcarán las tendencias
de una temporada. Así pues, el tiempo para encontrar, entender y disfrutar
una obra de arte está aparentemente marcado por unas manifestaciones
extrínsecas a la producción artística y, sin embargo, estas mismas manifestaciones
resultan ser fundamentales para la definición de unos cánones
compartidos y para la misma interpretación del panorama artístico. Así
pues, después de la famosa declaración de Arthur C. Danto sobre el final
del arte, nadie parece apostar por unos criterios de valoración "universales"
e intrínsecos a la obra de arte sino más bien creer en la capacidad crítica
del mundo del arte, una convicción deudora de la teoría institucional
de George Dickie. En su libro Más allá de la caja Brillo, Danto subraya su
posición crítica con relación a la Teoría Institucional del Arte, sin embargo,
si verdaderamente el mundo del arte no es suficiente para establecer
la diferencia entre un objeto común y una obra de arte, habría que pensar
por qué seguimos legitimando tanto las distintas manifestaciones
antes citadas. Mi hipótesis es que uno de los criterios de valoración más
importante en nuestra sociedad contemporánea es el valor de "novedad"
y este valor es, evidentemente, un valor variable. Así pues, no es tan
importante definir qué objeto es una obra de arte como qué objeto de arte
es "nuevo". Por esta razón las manifestaciones institucionales del mundo
del arte siguen teniendo tanta relevancia.
En un relato, Borges imagina la ciudad del Inmortal, una tierra donde el
tiempo ha estado borrado y donde la inevitable repetición de los acontecimientos,
entregados a la eternidad, determina a cada ciudadano igual,
en la abyección como en la magnitud. Cada hombre, condenado a vivir
para siempre, tendrá la misma oportunidad de escribir la Odissea como de
cometer un genocidio, sin que sea por eso culpable o digno de mérito. En
un tiempo infinito, imagina Borges, todo se puede repetir y nada puede
tener valor; la muerte, por consiguiente, es la única cosa que el inmortal
desea, para poder parar el instante y hallar de nuevo el sentido de sus
acciones. La sociedad contemporánea parece estar destinada a transformarse
en una democracia de inmortales, donde cualquier acto no es único
y no puede adquirir un valor simbólico, y por tanto no puede ser moralmente
imputado al individuo. El hombre inmortal parece destinado, entonces,
a perder su individualidad. Borges imagina que un tiempo infinito
borre el perfil de las personas, entregándolas a una eternidad sin valoración
posible. La única decisión, entonces, que, en una vida eterna, puede
tener un valor es la inmovilidad. El Inmortal de Borges decide no actuar
para que sus acciones no sean repetibles infinitamente, para declarar su
individualidad y su responsabilidad. A mi modo de ver, la tipología de artista
contemporáneo más buscado por el "mundo del arte" es la del artista
que se cree inmortal, que decide pertenecer a una sociedad que decreta
su éxito gracias a su adecuación a las leyes del progreso técnico. Una infinita
experimentación permite al arte ser siempre distinto y, sin embargo,
siempre igual por incapaz de declarar la verdad. La multiplicación de las
experiencias frustra el valor simbólico de la obra de arte: todo es transitorio
porque el valor de una obra está determinado por una continua, afanosa
búsqueda. La fecha de caducidad de una obra de arte depende,
entonces, de un fragmento de tiempo definido como "nuevo" por el mundo
del arte. Como escribe Geoff Cox, en The Digital Crowd: Some Questions
on Globalization and Agency,
el artista ha aceptado declarar, como la ciencia,
el carácter ilusorio de la verdad para sustituirlo con el concepto funcional
de validez. La belleza no es una, sino que cambia como cambian las
modas. Un modelo estético es válido hasta que no se declara su inadecuación
a las nuevas necesidades. Sin embargo, hay muchos artistas que, en
dirección contraria, nos recuerdan que cada elección es única y éticamente
sujeta a juicio, recuperando una posición moral hacia la creación. El
artista que no acepta la transitoriedad como principio, el artista que no
declara el carácter precario de la obra de arte, es el artista que busca
todavía la verdad del mundo, que manifiesta la existencia de una jerarquía
de valores y el sentido de su obra; un artista aparentemente inmóvil porque,
aunque pertenece a esta sociedad de inmortales, no acepta la idea
de un progreso lineal.
Los artistas siempre han estado fascinados por la infancia y el pasado, por
esta ambigüedad entre realidad e imaginación, entre recuerdo y representación.
El arte explora la distancia que existe entre el presente y todos los
eventos que forman un segmento de pasado más o menos lejano. El concepto
de tiempo resulta fundamental para entender muchas de las obras
contemporáneas. La crisis de la figuración, la perdida de una referencia
directa con una realidad exterior, la prioridad de los métodos técnico-científicos
frente a los humanísticos para analizar el mundo, la incapacidad del
mundo del arte de mantener su carga simbólica, la imposibilidad de declarar
una escala de valores, todas estas razones podrían explicar una cierta
recuperación, por parte de los artistas, de temas como la memoria y el
tiempo. El arte parece a veces contraponer al tiempo lineal y a la idea de
progreso una concepción del tiempo que es constituido por segmentos.
Estos segmentos están formados por eventos y acontecimientos únicos
que definen nuestra representación de la realidad. Así pues, la representación
de nuestro pasado y la imaginación de nuestro futuro son tan "reales"
como nuestro presente, en el sentido de que pertenecen a un mundo
de las ideas que tiene un pasado, un presente y un futuro. La concepción
del tiempo "unreal" de McTaggart (The Unreality of Time, Cambridge
University Press, Cambridge, 1927) supone que podemos poner el objeto
de nuestras creencias o de nuestra contemplación en el presente, pasado
o futuro, dependiendo de las características de nuestro objeto. Sin
embargo, este objeto siempre se encontrará en lo que McTaggart llama
serie A. La serie A está compuesta por una serie de posiciones que van
desde un pasado lejano, pasando por un pasado reciente, hasta el presente,
y desde el presente, pasando por un futuro cercano, hasta un futuro
lejano. La serie B, al contrario, está formada por la serie de posiciones
que van desde el antes hasta el después, en una sucesión lineal estricta.
Sin embargo, como McTaggart finamente subraya, el pasado, el presente
y el futuro son características que nosotros adscribimos a los eventos y
a los momentos en el tiempo. Entonces el pasado, el presente y el futuro
no son calidades sino relaciones. La eternidad de la obra de arte es
parecida a la eternidad de la historia de Don Quijote. Los eventos contados
en las obras de los artistas o en las novelas de los escritores son eternos
ya que son irreales, es decir, pertenecen a una serie temporal donde
el "antes" y el "después" nunca cambian respecto al lector o al espectador.
Sin embargo, los eventos contados o representados son "reales" con
respecto a las emociones que todos los lectores o todos los espectadores
experimentan en relación con la novela o con la obra de arte. El tiempo
de los acontecimientos contados por los artistas es irreal, ya que los
eventos representados no son reales, y, sin embargo, los estadios de la
mente del artista cuando inventa sus cuadros existen y son reales así
como existen los estadios de mi mente cuando pienso en la representación
de una obra de arte. Podemos suponer, paradójicamente, que la
inserción de los relatos del arte y de la literatura en el tiempo de tipo A,
según la acepción de McTaggart, permiten que los productos del arte y de
la literatura acaben de ser eternos para, finalmente, ser "reales", para
entrar en el tiempo que marca el pasado, el presente y el futuro de cada
uno de nosotros, de cada uno de los espectadores. Estos puntos que pertenecen
a una serie de tipo A no conciernen a nuestra vida particular
(pasada, presente o futura) sino a los estadios de nuestra mente cuando
pensamos en los relatos del arte o de la literatura. Por consiguiente, a mi
modo de ver, una obra es viva cuando genera unos estadios de interpretación,
contemplación, emoción, etc., que se insertan en unas series de
posiciones que van desde el pasado hasta el presente y desde el presente
hacía el futuro. Si los estadios de interpretación, contemplación, emoción
fuesen fijos, si no perteneciesen a una serie temporal, la obra de
arte sería tanto eterna como muerta, es decir, irreal para los individuos
que se relacionan con ella. Además, si los estadios de interpretación de
una obra de arte perteneciesen a una serie temporal de tipo B atañerían
a unas series de posiciones que van desde el antes hasta el después, en
una sucesión lineal estricta. En este caso, la interpretación de una obra
de arte tendría valor exclusivamente por su posición "posterior" respecto
a otra precedente, es decir, tendría mayor validez por pertenecer a un
"después" en una serie temporal concreta.
Podemos suponer, entonces, que la serie temporal que interesa a las
"ferias de arte" es la serie B, del antes y del después, mientras que cada
uno de nosotros se interesa más bien por la serie A, es decir, por la capacidad
de una obra de arte de generar estadios de interpretación que van
desde el pasado hacia el futuro.
Consumir preferentemente antes de la fecha de caducidad: alguien me
había comentado que se puede comer un yogurt mucho después de la
fecha de caducidad porque ésta se refiere a una serie de componentes
del yogurt que van perdiéndose con el tiempo, sin que por ello éste deje
de ser comestible. Todo se juega alrededor de la palabra "preferentemente".
Preferentemente, las obras elegidas en la última feria tienen valores
como "haber sido descubiertas recientemente por un crítico famoso",
"pertenecer a un artista desconocido", "utilizar unos medios innovadores",
etc. Sin embargo, todas las obras que han perdido estos valores no
tienen porque estar "caducadas", a menos que desde un principio no
hayan tenido ningún otro valor que la mera "novedad".


Emanuela Saladini

 
   

 

Mundo bienal


Cualquier acercamiento al discurso de los procesos de distribución de
nuestra producción simbólica se estabiliza allí donde el entendimiento
de esa incierta coherencia interna del sistema total del ámbito artístico
actual tiene como fuente principal la forma estandarizada de la
"bienal": ese evento que enuncia una espectacularización efímera del
acontecimiento como encubrimiento de una diferencia irrebasable
entre el nivel de las acciones y el nivel de las intenciones. Es, precisamente,
en la continua y presente imposición del evento-bienal a escala
mundial, donde la misma inmanencia de la experiencia artística es
rentabilizada por una doctrina económica específica que implosiona en
todo un conjunto de formulaciones producidas desde la materialidad
de su principal referente: la plusvalía simbólica y económica. Su valor
se desprende así de su rigor como ejercicio de desvelamiento/encriptación
de unos modos visuales, de unos estilos de vida incluso; cuya
efectualidad es amortizada tomando su propia configuración fuera del
aparato auténtico de revelación de aquellas fisuras epistemológicas del
ámbito artístico contemporáneo y dentro del marco de realidad sistemáticamente
débil que se impone desde el régimen visual de una
"hiperindustrialización" del mundo (B. Stiegler).
Parece indudable entonces que cualquier ejercicio de análisis de las
condiciones estructurales de ese formidable sistema bioeconómico que
es hoy el evento-bienal haga suya la necesidad de "un replanteamiento
teórico de la materialidad concreta de las prácticas espaciales capitalistas"
(E. W. Soja). Entre las disposiciones nomológicas y las probabilísticas,
entre un saber de lo contingente y una virtual genealogía de todo
su aparato; el evento-bienal certifica, de una vez por todas, el sentido
de su propio valor justamente en la abolición del hacer-arte del hombre
para contraer la figuralidad ontológica, espectral y inabarcable de la
mercancía, es decir, del producir-hombre del arte hoy.
¿Será entonces el evento-bienal ese tiempo ilimitado, significativo por
pura desafección, en el que la densidad infinita de nuestras imágenes
produce y deslinda el sujeto estético (y económico) del tardocapitalismo?
¿Acaso la mera potencialidad en que ha devenido la misma naturaleza
del arte ha estimulado esta generalización ceremonial que rige
hoy el proceso en el que las bienales se reproducen en todas las ciudades
del mundo?
Un vistazo a las condiciones estratégicas del alcance global de ese imaginario
producido por el fenómeno del evento-bienal desde principios de
los noventa y su encarnamiento dentro de un régimen de experiencia
ontológico-política asociado a los avatares de la mundialización económica
neoliberal, pueden ofrecernos, en esencia y de manera breve,
algunos indicios que puedan solventar estas cuestiones. De lo que no
cabe demasiada duda, es que ese fenómeno que Gerhard Haupt ha
denominado bienalización constituye ahora mismo un argumento poderoso
para establecer ciertos criterios de definición entre éstos dos contextos,
al incluir de manera particular la generalización del evento-bienal
a escala planetaria dentro de un hiperespacio económico reticular
que establece una conexión horizontal entre una situación geopolítica
(neoliberalismo) y una situación estética (el imaginario posmoderno).
El evento-bienal cataliza y reifica entonces una posición ya paradigmática
dentro del esquema histórico del propio arte contemporáneo: una
fricción heurística entre los esquemas de representación de contextos
culturales y de contextos funcionales. No deja de resultar extraordinariamente
eficaz situar el origen de la Bienal de Venecia en 1895 justo
en el apogeo de la expansión imperial europea y trasladar el esquema
a principios de los años noventa del pasado siglo XX; para advertir una
situación homóloga con la expansión del modelo de distribución global
de la bienal y la etapa de desarrollo feroz del capitalismo de acumulación
flexible (D. Harvey). Es decir, aquella misma receptividad universal
del arte de la primera vanguardia romántica admitía - como admite
hoy la figuración del evento-bienal - una indistinción entre colonialismo
y la extensividad categorial de la "civilización", al delimitar la producción
de objetos artísticos (contexto cultural) a la lógica de identidad de
los "elegidos", de los "aliados" y los fuertes, de los adaptados (contexto
funcional).
Y es precisamente en este marco de determinaciones de la actual diversificación
acelerada del evento-bienal donde estipula su principio regulador:
una adscripción perversa en torno a un contorno disciplinar que
fortalece, revitaliza y potencia, paradójicamente, el entorno de su
ámbito. Hay así bienales especializadas en la instalación, el vídeo, la
pintura, el grabado, y existen incluso bienales especializadas en el arte
activista o la trasgresión contra su propio aparato. Casi todas, o la
mayor parte, explotan con estrategias inéditas aquella vieja performatividad
vanguardista del escándalo y la polémica; pero sólo como condición
y forma de la propia epistemología económica terciaria, como
mecanismo de singularidad diferencial y legitimación social dentro de
los límites de lo estrictamente correcto en un sentido comercial. Como
alguna vez ha apuntado Juan Luis Moraza, se trata de la convencionalidad
de la historia de la legitimidad, que establece como argumento esencial
en la definición del evento-bienal un modelo estratégico de público, pero
también una dimensión logística de su ámbito. Se trata, al fin y al cabo,
no de las vicisitudes de la escurridiza heteronomía del arte contemporáneo,
si no del valor (in)material de contemporizar el arte. Es, por tanto,
aquella lógica de la exención de la industria del ocio y el aprovechamiento
de los réditos de la legitimidad, lo que produce la plusvalía económica
y simbólica que sustenta la continuidad del modelo del evento-bienal
como paradigma antropológico de cierta densidad. Esa homologación de
la materialidad imaginaria del Imperio (si entendemos este término fuera
de los márgenes bestsellerianos de Negri) agudiza la histéresis de una
doctrina única y multiforme (liberalismo político y económico) que
"integra la totalidad de la especie humana en la distribución de su fortuna
y de su sujeción" (A. Badiou).
Esta perpetuación obscena y delirante de un orden estandarizado regido
a las leyes de circulación del propio mercado, constituye la principal
condición estratégica y logística del propio evento-bienal, reproduciendo
un régimen de experiencia que tiene como horizonte la virtualidad
gnómica de una estetización difusa de los modos de vida y la
banalización espúrea de las condiciones de posibilidad de toda manifestación
artística, cultural, política o social. Los mismos artistas
repartidos en idéntica situación con las mismas obras en distintas ciudades
del mundo, generan un espectador convencional y convencido,
en disposición de una demanda lúdica de realidad que sólo puede retribuir
la estética periodística y medial de los eventos artísticos concebidos
bajo la forma de sofisticados rudimentos turísticos. Venecia, La
Habana, Santa Fe, Sevilla o Kassel participan, igualmente, de un proceso
de internacionalización cuantitativa en el que el evento-bienal se
impone como propuesta única de intervención de la potencialidad
administrativa de un sector (el turismo cultural) que fomenta una
nueva concepción del aprovechamiento económico de los recursos culturales
de un territorio, curiosamente, despojando a este espacio de su
connotación local y de su identidad connatural.
Esa imagen extranjerizante, no cosmopolita; exuberante, no plural;
estandarizada, no diferencial; compone la taxonomía integral del evento-
bienal encubierta en esa coartada aparente del fortalecimiento del
ámbito, dentro de lo que Herbert Schiller llama la "apropiación corporativa
de expresión pública": una disfuncionalización gregaria de nuestro
imaginario donde la asunción del puro valor performativo del hecho
artístico es sometido a las posibilidades crematísticas de toda una
industria del ocio profesionalizada controlada por comunidades de
intereses principalmente privados, pero administrada por entes públicos.
Irreductible a la viscosidad de lo local, aferrada a la trascendencia
exhaustiva de las diferencias regionales (locational unspecificity,
enuncia Miwon Kwon) el evento-bienal coagula esa fenomenización
oscura que alguna vez he denominado institucionalización del shock,
como generalización de una tendencia experiencial que nutre a los
fenómenos culturales cuando éstos extravían su comprensibilidad dentro
de un orden cultural. Esa pérdida de circunspección ontológica es lo
que ponemos en juego en el incremento generalizado del evento-bienal
como aparato de transmisión cultural óptimo. La seducción del infinito, el
nihilismo absoluto que auspicia este robo sustancial de los fundamentos
mismos de reproductibilidad, transmisión y comprensibilidad cultural,
componen el tiempo de identidad del evento bienal, "ese hiato ya incolmable
entre nuestros productos y nuestras representaciones" (S. Alba
Rico), la institución de una epítasis de la frágil relación actual entre las
hombres y la cultura.


X. Lois Gutiérrez