BRUCE NAUMAN
Raw Materials
Turbine Hall. Tate Modern. Londres
Hasta el 2 de mayo
La impresionante Sala de Turbinas de la Tate Modern es uno de los
espacios
más sugerentes, y a la vez más difíciles de
intervenir para cualquier
artista que se precie, así que, tanto puede ser un reconocimiento
a una
trayectoria consagrada, como un castigo si no se resuelve con inteligencia
el encargo. Se trata de aprovechar un espacio apabullante, cargado
de
connotaciones (la antigua central eléctrica, el museo, que
es una de las
principales atracciones de Londres actualmente), y no verse aplastado
por
él. Bruce Nauman (Indiana, EE UU, 1941) resuelve con sabiduría
el problema
y su obra sale reforzada del reto: ocupa por completo este espacio
con el ruido envolvente de muchas voces que se solapan entre ellas
y con
las de los cientos de visitantes, creando un espacio despersonalizado
e
inquietante: grabaciones en las que actores repiten hasta la saciedad
saludos,
insultos, declaraciones, o juego s de palabras a partir de una proposición
que se va repitiendo y modificando insistentemente, con un ritmo
machacón y agobiante.
Nauman dispuso para esta obra de antiguas grabaciones (algunas eran
de
por sí obras autónomas, otras formaban parte de instalaciones
o videoproyecciones)
que reunió y dispuso en bandas que recorren todo lo largo
de
la sala por medio de amplificadores en los laterales, flanqueando
el paso
de la gente que debe acercarse y prestar atención para entender
las declaraciones
que se vierten como una letanía, hasta llegar a una ansiedad
tragicómica.
Nauman nos recibe nada más entrar en la Tate Modern con un
Thank You, Thank You, Thank You! insistente y ridículo, de
una voz histriónica
y chillona, para acto seguido declarar que no deberíamos
estar allí
(You May Not Want To Be Here!); para seguir con obras ya clásicas
en la
trayectoria del artista como Amazing Luminous Fountain, enunciado
en
portugués (en la que la gente se ríe de la idea de
que el arte nos revela
verdades maravillosas); o Antro-Socio, Good Boy, Bad Boy, etc.
La obra es concebida por el artista como un montaje a partir de
otras ya
existentes, en el que sabe que algunas perderán parte de
su fuerza original,
pero donde lo que importa es el efecto de conjunto, el magnífico
collage
que se superpone y confunde con los movimientos y voces de los cientos
de visitantes. Es como el resumen de un alarga trayectoria que comenzó
en los años sesenta, cuando Nauman abandonó la pintura
y se internó
en la exploración de otros territorios: vídeo, instalación
o performance; y
que hizo de él uno de los padres de las tendencias conceptuales
del arte.
Pero aquí, se centra en sus obras sonoras. En este sentido,
la influencia
de la música de Jonh Cage es evidente, por su confianza en
el poder evocador
y revelador de los registros aleatorios o no condicionados de sonidos
de la calle (el sugestivo poder de evocación del azar, del
silencio, del
transcurrir, que nauman ejemplifica muy en otra obra, la vídeoinstalación
Mapping the studio II with color, shift, flip, flop & flip/flop
- Fat chance
Jonh Cage- de 2001 de la Colección Tate). Pero además,
como se ha señalado
repetidas veces, hay un trasfondo que revela su interés por
la escritura
de Samuel Beckett (la repetición exasperante de sentencias,
la narración
que parece dar vueltas constantemente sobre sí misma, el
carácter
tragicómico de los personajes), y por las teorías
de Ludwing Wittgenstein
sobre el lenguaje, que transforma el artista en declaraciones que
modifica
ligeramente en cada repetición, según le quite o añada
una palabra,
hasta cambiar completamente su significado.
De fondo, por detrás del barullo de los cientos de visitantes
anónimos y
de las declaraciones o mandatos repetitivos de los recitadores de
Nauman,
el ruido constante e incómodo de los generadores de la vieja
central eléctrica
amplificados, envolviéndolo todo, como el rumor del viento
cuando
se cuela por una puerta vieja o una ventana mal cerrada en un día
de temporal.
Es cómo si volviera, como un fantasma, el recuerdo de su
Pay
Attention, Mother Fuckers!! Para que despertemos del letargo al
que a
veces nos conduce tanto consumo de "turismo cultural".
Miguel Anxo Rodríguez
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