TEO
SORIANO
Flâneur
Galería Paloma Pintos. Santiago
de Compostela
Desde el 8 de abril hasta el 9 mayo
Estos últimos no han sido tiempos favorables para la pintura,
tampoco
para aquellos artistas que permanecieron fieles a los pinceles.
Otros géneros,
otros medios y nuevos lenguajes vinieron a ocupar su lugar y a merecer
la atención principal de los protagonistas y los interesados
en los asuntos
del arte. Al igual que les sucediera a las construcciones fortificadas
levantadas en los siglos XVII y XVIII, como explica W.G. Sebald
en las
páginas de Austerlitz, en ese combate librado con la pintura
por los nuevos
medios puestos al servicio de la creación artística
no fue necesario
atacar directamente la fortaleza; el autor alemán aclararía
que las modernas
tácticas de la guerra vencieron a las viejas fortificaciones
por el expeditivo
método de sortearlas, de ignorarlas, de no hacerles frente.
Así vino
a suceder con la pintura y los pintores, marginados de la atención
de la
comunidad artística, sermoneados además por su obcecada
resistencia y
su fidelidad a una práctica adornada del descrédito,
perseguida desde el
tiempo de Baudelaire por el estigma de la decrepitud.
Pese a todo, algunos artistas permanecieron fieles a la causa de
la pintura,
se mantuvieron dentro de sus muros, ajenos a los nuevos discursos
triunfantes. Sabían, fieles a sí mismos, que su destino
era el esfuerzo solitario,
la resistencia en medio de la incertidumbre sobre el futuro. Se
conformaban
con saber que su sitio era "estar dentro", y mirar desde
allí,
como advirtió John Berger, que sabe de los modos de ver -dentro
y fuera
de la pintura- y que viene a recordarnos que el modo de mirar es
también
un modo de estar en la vida y en el arte.
Las viejas leyes de la guerra ponen a disposición de los
asediados la posibilidad
de realizar salidas esporádicas, al amparo de la sorpresa,
para
sembrar el desconcierto entre los sitiadores. Así regresa
ahora Teo
Soriano, que dosifica sus salidas como pocos, para desesperación
de sus
fieles, con una nueva presentación de su trabajo. Desde los
presupuestos
de su radical apuesta por la pintura y su conocida genealogía
abstracta,
de su fascinación por el color y por los materiales, Teo
Soriano ha recorrido
una trayectoria que abarca el ya dilatado espacio de dos décadas
y que
arranca, a mediados de los años 80, con la entrega entusiasta
a la celebración
del acto de pintar; así lo manifiestan unos trabajos - Las
algas o
la serie Coruña- que comparten la complacencia en "la
alegría del lenguaje"
-por utilizar una iluminadora expresión (the gaeity of language)
de
Wallace Stevens- que caracterizó la actitud de los pintores
de aquel tiempo.
Después vendrían, en el año 1989, los paisajes
abisales de la serie
Aventura -oscuros, envolventes, misteriosos-, en los que la referencia
a
los fondos marinos testimonia una atracción por el mundo
del mar que ya
había protagonizado la serie consagrada a las algas. A la
década siguiente
pertenecen algunos episodios que enmarcan una trayectoria sometida
a tensiones, empeñada, por lo demás, en la afirmación
de un lenguaje que
a estas alturas ofrece ya muestras inequívocas de su madurez:
habrá que
referirse a la suerte fatal de un grupo de pinturas de gran formato
extraviadas
en azarosas circunstancias, de la que únicamente se conserva
el
testimonio de unos pocos bocetos atravesados de densa, grave, amenazante
atmósfera oceánica; está también otra
serie, a la que pertenece
Raíz del aire, paradigma -como el verso de Jorge Guillén
del que toma su
título- de pintura abierta, transparente, luminosa, de pinceladas
sueltas y
aleatorias manchas, apoyada por lo común sobre una estructura
interna
de trazos nerviosos, que presenta en numerosos ejemplos a la manera
de
polípticos que acentúan la idea de fragmento, a la
par que procuran la
reflexión por la búsqueda de una improbable e inaccesible
unidad, como
acabada metáfora de la realidad de nuestro mundo. Todo eso,
sin olvidar
la dedicación continuada a los ensamblajes y collages, durante
tanto tiempo
condenados a la intimidad del estudio y tan sólo asequibles
a quienes
tuvieron la suerte de acercarse a los sucesivos talleres que ha
venido ocupando
en La Coruña, en Salamanca (donde realizó sus estudios
de Bellas
Artes, junto a una promoción a la que también pertenecen
Javier Riera y
Antonio Murado), en Riveira, en Arteixo, en A Coruña nuevamente.
Como contraposición a esta línea de trabajo, en los
inicios de los años
noventa otro enfoque sustituye su primitiva atención por
el color y el gesto
y pasa a ocuparse de las cuestiones espaciales, las texturas, la
expresión
despojada. En este tiempo, Teo Soriano ha venido trabajando en una
obra
escrutadora de la naturaleza que, como un espejo, nos devuelve también
la imagen de un paisaje interior. (Con la referencia a lo especular
viene a
la memoria la imagen de Suite Tarifa, que pudo verse en el año
1991 en
la Estación Marítima de La Coruña, con ocasión
de la II Mostra FENOSA, y
que anticipa la inclinación paisajística mostrando
los efectos de un líquido
brillante desparramado sobre una superficie plana). Adoptando un
punto
de vista que tiene mucho en común con la mirada del artista
romántico,
pero que constituye también uno de los ejes fundamentales
de la tradición
moderna, vuelve sus ojos sobre el paisaje entendido como sentimiento,
como estado de ánimo, como espejo sobre el que proyectar
las propias
emociones. Es la suya ahora, una pintura que se asoma al borde de
la
nada, al grado cero de la expresión artística, tentando
los límites de un
territorio -el del lenguaje más allá del lenguaje-
en el que el pintor se
adentra con determinación para revelar un espacio que parece
haber
engullido todo atisbo de forma o signo reconocible.
En esta nueva muestra, Teo Soriano mantiene un esquema al que nos
viene acostumbrando en sus últimas exposiciones individuales,
alternandoalternando
dos bloques de obras. De una parte, presenta un lote de lienzos
de
pequeño formato. Son pinturas próximas a lo monocromo
que confían su
elocuencia a los tonos, a los matices y accidentes de una superficie
en la
que son bien visibles las huellas de la aplicación del pigmento
con la espátula.
Alejado de toda intención representativa o expresiva, el
pintor parece
tan sólo preocupado de pintar lo concreto, de llenar el vacío,
de "estar
dentro". Dentro de la pintura, del proceso pictórico,
dentro del cuadro
mismo, al que parece querer someter recorriendo todas sus direcciones
y
apurando sus límites, donde desbordan las marcas de ese deambular.
Examinando sus superficies podríamos reconocer en estas obras
la huella
de quien se limita a pintar como quien camina dejando marcas en
la nieve,
como Robert Walser, el flâneur de la nieve, a quien esta serie
homenajea;
como también lo hace con Wang Wei, o con Rober Ryman, cuyos
ecos
también se escuchan -y se leen en sus títulos- en
estas pinturas recorridas
por la idea de silencio, de levedad y ensimismamiento, en las que
el
lenguaje se suspende hasta verse privado de sentido. Junto a los
cuadros,
los aficionados avisados podrán disfrutar nuevamente de los
pequeños
artefactos y ensamblajes, magistrales ejemplos de voluntad constructiva
y énfasis objetual, sometidos a la disciplina de una integradora
mirada pictórica
que se esfuerza por reducir la presencia física de los materiales
a la
función de elemento compositivo al servicio de un discurso
visual de contenida
y rara elegancia.
Juan Antonio Martínez-Casanueva
|
|