MUSAC: museo posiblidad
Una vidriera de colores, muchos populares,
un atrio de entrada definido
por unos pocos árboles desnudos, una sucesión de patios,
fríos, castellanos,
una colección, un director y una exposición. Todos
estos elementos
existían en el MUSAC, antes incluso de ser un hito en el
urbanismo periférico
de León, antes de ser fiesta de inauguración el pasado
1 de abril,
antes de ser peregrinaje del visitador de la arquitectura contemporánea
que admira el modernismo de Alejandro de la Sota mientras cuenta
los
lucernarios del Auditorio de la ciudad. Ya antes era una realidad,
o por lo
menos un gesto de realidad, un gesto de posibilidad. Cuesta hacerse
a la
idea de esta inesperada novedad, analizando los edificios y contenedores
llamados a albergar la creación actual, los denominados centros
de arte
contemporáneo. Cuesta acostumbrarse a esta idea de transparencia,
de
control, mientras vemos ejemplos como los recientes cambios de dirección
del Reina Sofía o la clausura del CASA de Salamanca.
La aparición de un centro de arte, como cualquier otro producto,
siempre
se desprende de un dictado político, incluso antes de buscarle
o intuirle
una función cultural. Que los museos son pretextos de modernidad,
de ser
in, en boca de los políticos, no nos queda la menor duda.
Sigamos; además
son productos fáciles de vender, no de mantener, son muy
fáciles de
presentar, pero no de preparar. El nuevo museo que se implanta en
León,
en el spring final que dibuja la línea museística
de Burgos y Valladolid,
justo antes de la frontera gallega, terreno del CGAC y el MARCO,
se alimenta
de estos complejos, realizando diagnósticos de cura y anticipándose
a los problemas/cuestiones que estas instituciones desprenden.
Insistimos, el MUSAC conoce perfectamente, al definirse como "museo
del
siglo XXI", todos los vicios y costumbres de sus vecinos, sabe
que no se
debe pensar en capitanes cuando el barco ya ha zarpado, lo mismo
que
no podemos llenar el cesto sólo cuando tengamos hambre. La
sed, como
el hastío, son malos consejeros de los museos. En este sentido,
el centro
leonés, quiere desmarcarse del resto de compañeros
de viaje, intentando,
desde el comienzo, que el principal logro esté no en inaugurar,
sino en iniciar
un camino, mucho antes (curioso) de hacerse público. Esa
cierta sensación
de museo desde la ausencia física, fue una de las bazas que
mejor
supo articular este centro. Y por eso, nada mejor que idear proyectos
de
pre-inauguración, para ir presentándose poco a poco
en su sociedad,
León, y en su escenario, el ámbito contemporáneo.
Unas iniciativas que se
orientaron, muy acertadamente, a entablillar sus diversas áreas
de presentación:
la organización interna, la colección, las actividades,
la arquitectura
y la difusión de su imagen. La posibilidad del MUSAC estuvo
y está
en el continuo presente, en entender un museo como un agente/instrumento
activo.
Lo primero con lo que uno se encuentra es la sensación de
una cierta indefinición
mural, una marca de identificación que se traslada a cada
intento
de abordarlo visualmente. Quizás los cientos de colores que
se implantan
en su piel den un paso hacia una subjetividad agradecida al visitante,
de
cierta emotividad, que no quieren poseer los planos grises. Que
sean colores
destilados de una vidriera gótica de su catedral sólo
sirve de manto
cálido a los que se identifican con el museo de literatura,
ciertamente
efectivos en la captura de un paisaje de color en una tierra seca
y árida.
El minimalismo maclado del equipo Tuñón y Mansilla
que se perfilaba en
muchos de sus proyectos, insiste en una dirección de convergencia
de tramas
inesperadas y de estructura infinita, una cierta sensación
de expansión
que el MUSAC perfecciona y que también reafirmará
en el próximo
ayuntamiento de Lalín o el Gran Sland de Madrid. Se trata
de imaginar una
arquitectura que se enrede en la trama urbanística-territorial,
pero que se
adecúe a una parcela, que actúe de forma unitaria
escalonada y unida a
una expansión aparentemente incontrolada. El museo leonés
articula esta
movilidad desde la relación de cuadrados y rombos que se
suceden en
unas complejas sucesiones de enlaces y complementariedades. El resultado,
similar a la filosofía de museo infinito de Le Corbusier,
apuesta por una
concatenación de formas que quieren actuar y responder a
áreas o contenedores
de exhibición o facturación contemporánea.
El sistema está claro:
en un inusitado golpe en el plano surge un patio, en otro se altera
el discurso
expositivo entre muros que se alimentan en el propio recorrido,
en
otro la visita se verticaliza generando mantos de luz.
La horizontalidad de la construcción, formada por láminas
y líneas rectangulares
(experimentadas en el Centro de Documentación de la Comunidad
de Madrid), delimita la sencillez de toda la arquitectura, incluso
la cierta
frialdad monacal de un interior austero, que pretende responder
a una
filosofía demandada de leve interrelación entre lo
arquitectónico y lo creativo:
piel, espacio, luz y, finalmente, el producto expositivo. Todo el
discurso
se atrapa perfectamente en la propia entrada, desde el que se dispone
un eje de diversas direcciones, desde el sector público de
las exposiciones
(donde domina el gris hormigón) y las áreas de servicios
más
comerciales, y el ámbito más privado de los almacenes
y, ya en el primer
nivel, las dependencias administrativas.
Sin lugar a dudas, significar el comienzo del MUSAC con una relación
de
"emergencias", es otro de sus mejores aciertos. Así
se titula la primera de
sus exposiciones programadas para este año. Son un motivo
de atención,
una filosofía y un gesto de reafirmación de su colección.
El pretexto de
interés está en la presentación de una muestra
que surge desde la propia
inestabilidad programática de intentar definir las temáticas
e iconografías
de lo actual, digerir una colección que el museo lleva engordando
desde
hace dos años, completando un listado de emergencias que
se dispone
estructurada en seis áreas más que evidentes: la identidad
(individual,
social y colectiva) y la mirada (externa "el otro", externa
"paisaje" y poética.
Emergencias de condiciones y soluciones diversas. Eija Liisa Ahtila,
Pilar
Albarracín, Shoja Azari, Sandra Gamarra, Ruth Gómez,
Thomas
Hirschhorn, Alfredo Jaar, Isaac Julien, Rogelio López Cuenca,
Manglano-
Ovalle, Ángel Marcos, Boris Mikhailov, Multiplicity, Anri
Sala, Yinka
Shonibare o Joana Vasconcelos, entre los 54 artistas que significan
las
particulares emergencias de un tiempo presente reflexionando sobre
la
discriminación, la desigualdad, el medio ambiente, los conflictos
políticos,
el diálogo espacial, la emigración, la alienación
del hombre o las nuevas
estructuras sociales. Preocupaciones que se verán enriquecidas
en los
siguientes pasos expositivos; más emergencias desde el agente
contemporáneo,
las que definan Dora García, Shirin Neshat, la colectiva
Sujeto,
Pipilotti Rist o Enrique Martí.
El MUSAC insiste en alterar, en ofertar líneas de experimentación
(publicaciones,
modos de difusión, promoción de gestores y nuevos
artistas,
etc.), por eso mismo y deliberadamente dentro de su espacio expulsa
y
distingue un apéndice: Laboratorio 987. Un prefijo telefónico
de nexo de
unión con el lugar, una apuesta por la creación de
un contenedor radical,
donde veremos las intervenciones de Silvia Prada, Fikret Atay o
Abi
Lazkoz, dentro de las mismas intenciones que el MARCO imprime con
el
Anexo, la Fundación Miró con el Espai 13 o el Reina
Sofía con el Espacio
UNO. Curiosamente este último lugar fue coordinado por Rafael
Doctor,
actual director del MUSAC; función que viene desarrollando
desde hace
tres años. Antes (insisto, antes), en ese momento donde se
comenzaba a
afirmar los pilares del presente (personal laboral, colección
y arquitectura).
Aspectos más que evidentes que hacen del MUSAC un escenario
de
posibilidades en el paisaje siempre incierto de los centros de arte.
José Manuel Lens
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