Iván Prieto
2000-2010
Hasta el 4 de abril de 2010
Centro Cultural Diputación de Ourense
Progreso, 32. 32003 Ourense
Imagen: Iván Prieto. Mesa camilla. 2008/185cm/Cartón piedra-Madera
En el Centro Cultural de la Diputación de Ourense se presenta, a partir del 11 de marzo, una exposición que recorre los últimos diez años de trabajo del joven escultor Iván Prieto ((O Barco de Valdeorras, 1978).
Texto de Mercedes Rozas incluido en el catálogo de la exposición:
¡Lo bello es feo y lo feo es bello!
Existe una parcela en el territorio del arte donde la hibridación es cómplice del misterio. Aunque no es una alianza nueva, ya que Giuseppe Arcimboldo o El Bosco se valieron de ella, lo cierto es que el ámbito multicultural de hoy en día parece favorecerla. Hacia las obras de arte creadas al albur de esta interpretación fantástica, que provoca raras simbiosis, en general el espectador reacciona con inquietud y cierta angustia. Umberto Eco reconoce que en ellas prevalece un asomo siniestro y que si nos espantan o nos causan horror es porque representan “algo que no es como debiera de ser”. Son imágenes que acaban por remitirnos al mundo de los sueños, un mundo expandido, en su concepto más artístico, no sólo por la plástica sino también por la literatura o el cine.
Ante las sorprendentes escenas de Iván Prieto podemos tener esa sensación de cierta ansiedad o turbación y sobre todo de misterio. Son personajes que supuestamente reaccionan como cualquier humano, habitan nuestros mismos espacios y actúan de la misma forma que lo haría cualquier hombre o mujer conocidos. Sin embargo, no son ni corrientes ni responden al estereotipo vulgar de Homo sapiens. Son distintos o, quizá, no tan distintos.
Alberto Manguel nos recuerda que siempre han existido personas que nos pueden perturbar por su comportamiento, pacífico pero al mismo tiempo inexplicable y extraño. Así cuenta, hablando de poetas, como Gérard de Nerval siempre salía acompañado de una langosta amarrada a una cuerda y Alfred Jarry sacaba un zapato de paseo por las calles de París. La lista de casos podría ser infinita. Es posible que estos sujetos de carne y hueso y, por supuesto, reales, así como los sujetos imaginados por Iván Prieto, construidos de materiales industriales y, por otra parte, irreales, procedan del mismo país, el de las quimeras, aquel antiguo territorio al que Prometeo dejó sin fronteras y donde nada es como debiera de ser. Seguramente, y a la postre, unos y otros no son tan diferentes a nosotros.
La mirada estética se nos muestra en esta propuesta, pues, determinada en cierta medida por el espectro de lo onírico y por lo tanto cercana al ideario que promociona la poética del inconsciente ante el peso de la razón. Las correspondencias iconográficas nos pueden llevar hasta los maniquíes surrealistas, objetos que dentro de aquella erótica de seducción vanguardista sirvió de asiento a todo tipo de interpretaciones en las que sueño y azar fueron siempre de la mano.
Cuerpos deformados, miembros prolongados por prótesis desmedidas, individuos emparentados al hombre-elefante recreado por David Lynch, perfiles de humanoides que se nos antojan cercanos, individuos que, aún feos y absurdos, conmueven como conmovía aquel hombre de hojalata que deseaba más que nada tener un corazón. El artista escenifica encuentros íntimamente inquietantes, abriéndolos a todo aquel que quiera participar, al que desee entrometerse en un cenáculo privado donde tampoco nada de lo que vemos es lo que parece.
Los posibles voyeurs se sentirán sumergidos en un espectáculo que le resultará familiar, pero que tiene más de ficción que de realidad. Lo que se nos ofrece es una representación teatral con más de un argumento personal y actos versionados por quien la contemple. Es una acción silenciosa, pausada y lánguida, que se apropia del espacio en una intervención artística que se aleja, con un propósito espacial y temporal, de la clásica percepción de escultura. Iván Prieto le da un nuevo sentido a la instalación, en la línea de las realizaciones que desde hace años lleva a cabo Erwin Wurm, el artista austríaco que reacomoda piezas cotidianas a cada nuevo lugar, intentando redimirlas de su función original. Los objetos adquieren así un nuevo significado.
Vuelve a ser Eco el que nos advierte que en la representación artística, la belleza y la fealdad alcanzan muchas variables, que terminan en no pocas ocasiones por hermanarlas. El autor italiano finaliza aseverando sus reflexiones con una expresión de las brujas en el primer acto de Macbeth: “¡Lo bello es feo y lo feo es bello!”, una exclamación que nos sirve de colofón a la obra de Iván Prieto, una obra en la que lo grotesco llega a ser hermoso.