Antonio Muñoz Molina es uno de los referentes de nuestra literatura contemporánea. Actualmente, ocupa la “u” en la Real Academia de la Lengua, y dirige la sede del Instituto Cervantes en NYC. Acaba de cumplir un año al cargo del Instituto Cervantes en Nueva York. Entrevista realizada en agosto 2005
¿En qué situación encontró el centro a su llegada y qué objetivos se propuso?
Mi objetivo fundamental era intentar que el centro estuviera dentro del mapa de la vida cultural de la ciudad. Por otra parte, intentar que los servicios que presta el centro, a parte de la actividad cultural; es decir, la educación y la biblioteca, siguieran mejorando.
En el centro había habido cierto declive, pero se ha recuperado. Ha sido un año de mucho trabajo, pero ha dado resultados: ver el auditorio lleno con regularidad, que tanto en la prensa de aquí como en la de España, las cosas que hacíamos tenían resonancia y, sobretodo, el crecimiento de las matrículas [de estudiantes] y el incremento del fondo de la biblioteca; a mí me parece alentador. El esfuerzo ha sido bastante grande, y era un esfuerzo que no se podía llevar a cabo sin la gente que trabaja aquí.
¿Se ha traducido este crecimiento en un público más diverso, más allá del español y el hispano?
Para mí es muy importante no hacer distinciones: no pensar en dirigirnos a un público específico, no hacer cosas para el público español o para el público latinoamericano. Nosotros tenemos que hacer cosas para todo el público. No podemos estar en un gueto cultural, no podemos resignarnos a decir: “la cultura en español interesa exclusivamente a la gente de origen español o relacionada con lo hispánico”. Nosotros tenemos que ofrecer cosas que interesen a cualquiera en una ciudad en la que hay tanta oferta como tanto público distinto al que se puede llegar.
En una ciudad como Nueva York, en la que el español está tan presente, ¿de qué manera se ve representada la cultura en nuestra lengua?
La presencia de la lengua y la presencia de la cultura no están al mismo nivel. La lengua tiene una presencia abrumadora, pero la cultura en español, la mejor cultura, tiene una presencia inferior. La tarea que tenemos que hacer los que nos dedicamos a esto es ayudar a que, poco a poco, la presencia de la cultura sea tan visible como la presencia de la lengua. Ya hay algunos síntomas: aumenta el espacio de los libros en español en las librerías. Eso quiere decir que hay público, porque las librerías se dedican a vender libros, no se dedican a la cultura generosa y gratuita. Las cosas están empezando a cambiar, estamos en el principio. Depende mucho de cómo la comunidad hispana acceda a la cultura, y de cómo progrese socialmente y educativamente.
La misión del Instituto Cervantes es difundir la lengua española y la cultura en español. ¿En qué diferentes vertientes discurre esta labor?
Por ejemplo, tenemos una biblioteca con 70.000 obras, de las cuales 6.000 son películas de prácticamente todo el cine español y latinoamericano. Todos los miércoles del año se puede venir al Cervantes a ver una película.
En relación con las artes plásticas tenemos la galería, que es limitada, pero muy útil para exponer obras de pequeño formato. El año pasado tuvimos [entre otras] una exposición de Julio González que fue espectacular; ahora tenemos una antológica de arte español contemporáneo.
Dentro de la actividad cultural procuramos que haya un equilibrio entre las humanidades y la ciencia. Hay ciclos de conferencias en los que uno encuentra a un escritor, un cardiólogo o un físico. Nuestra tarea es dar una visión más completa y más amplia de lo que es la cultura. La cultura no es sólo literatura, y no es sólo humanística. En español se hace ciencia, se hace paleontología, se hace economía…
¿Qué lugar ocupa el arte contemporáneo en la escala de prioridades del centro?
Es una línea de programación permanente. Aunque tenemos dos limitaciones: una de ellas es material, el tamaño de la sala, y la otra es económica, somos una institución pobre. Entonces, hay cosas que no puedes traer. Además, al ser una institución pública, no puedes hacer exposiciones individuales de artistas emergentes, porque el Cervantes no es quién de elegir a un artista por encima de otro. Nosotros para hacer exposiciones necesitamos que sea sobre algo de lo que haya un cierto consenso.
Otra cosa es que apoyemos iniciativas que hay en la ciudad de manera continua. Si una galería hace una exposición de un artista español o hispano contemporáneo, nosotros vamos a apoyarlo siempre incluyéndolo en nuestro programa, haciéndole publicidad, pero lo que no vamos a hacer es traer aquí la exposición. Entre otras cosas, porque a un artista joven una exposición en el Cervantes no le sirve de nada. El camino para un artista que se está haciendo nombre son las galerías, porque son las que tienen los contactos con los críticos.
¿Quién decide en el Cervantes la cultura que se exporta?
La idea no es exportar, la idea es calcular que puede interesar más aquí. Yo creo que la idea de la exportación, de un centro que irradia a las diversas sedes productos culturales, es engañosa, porque las cosas que en España se puede pensar que tienen valor, resulta que aquí muchas veces no lo tienen, o no son las más apropiadas para mostrar. Tienes que mirar cuidadosamente que cosas tienen algún vínculo con la realidad de aquí.
Y ¿cómo se consensúa lo que interesa en Nueva York?
Es una cosa intermedia. Hay una serie de exposiciones que nos ofrece la sede central, pero nosotros decidimos si nos interesa o no nos interesa. En este sentido, somos plenamente autónomos. Hay otras exposiciones que surgen porque nosotros tenemos la iniciativa y, bien se quedan aquí o bien giran por otros centros. La autonomía de funcionamiento es bastante amplia, aunque lógicamente, tienes que ajustarte a unos criterios de calidad y a unos criterios editoriales que están marcados por la sede central.
Además de licenciado en periodismo, usted es historiador de arte. Combinando estas disciplinas ha escrito algunas críticas. Hubo una muy polémica sobre una exposición de Joseph Beuys en el Reina Sofía. El poeta José Ángel Valente llego a reprocharle que “no se puede uno meter con personajes como Beuys que viene en los libros de arte”.
A mí de todo aquello, lo que me llamó la atención fue que la vanguardia, que se supone la máxima representación de la libertad expresiva, a veces exige el dogmatismo. Es decir, la libertad que tú ejerces en la obra no se la reconoces al que juzga la obra. Sobre lo que yo ironizaba, en aquella época y en aquel artículo, era sobre la sacralización del artista de vanguardia; sobre como el artista de vanguardia, que se supone que es un trasgresor, se convierte en un ser canónico al que no se puede atacar.
Y este comentario de Valente me parece alucinante. ¿Tiene uno derecho a juzgar una crítica de arte o no tiene derecho? La tradición de la crítica de arte es inseparable a la tradición de un pensamiento libre. El primer crítico de arte considerable es Cicerón. Y el segundo, Baudelaire. La crítica de arte y la literatura que se ha hecho sobre arte ha consistido en la confrontación entre un testigo aficionado y cultivado hasta cierto punto, pero no absolutamente especialista, y una obra de arte.
¿Ha conseguido Nueva York cambiar su idea sobre el arte conceptual?
Bueno, yo me educado mucho aquí en este sentido. Todo se trata de detalles de calidad. A mí una buena instalación, que me provoca pensamientos, me puede gustar tanto como cualquier otra cosa. Lo que no creo es en esa creación de un nuevo arte oficial. Igual que en el siglo XIX había un arte oficial que era el arte académico, la pintura histórica y todo eso, ahora hay otro nuevo arte oficial que es el que llena los museos públicos españoles, que forzosamente es un arte no pictórico y experimental. Habrá los que sean buenos y los que no sean tan buenos. Mi manera de ver el arte es bastante abierta y curiosa.
¿Cómo cree que evoluciona el arte moderno?
Hay un libro [de Anthony Julius] titulado Transgresiones, que estudia la idea de la trasgresión desde la Olimpia de Manet. Para que haya trasgresión tiene que haber una ortodoxia, pero cuando la trasgresión se convierte en ortodoxia, ¿quién va a transgredir? La supuesta trasgresión está colgada en todos los museos y es oficial.
En las memorias de Buñuel hay un pasaje en el que se encuentra a Andrè Breton en París, en los años 60. Es una escena bastante triste de dos amigos que no se han visto desde hace mucho tiempo y se acuerdan de la época surrealista. Y Breton dice a Buñuel: “Luís, el escándalo ha muerto”. Claro, no se puede ser un profesional del escándalo, porque el escándalo sólo sirve una vez.
¿Por qué todo artista que se precie quiere vivir en esta ciudad?
No lo sé. Hay mucha gente que dice que Nueva York ya no es lo que era. El año pasado estuvo aquí Miquel Barceló y estuvimos charlando mucho rato. Él decía que esto en los 80, cuando estaban Warhol y Basquiat, cuando estaba todo aquel movimiento, cuando el Soho era lo que era; entonces, el escenario del arte que se estaba haciendo era realmente muy excitante. Y él decía, como dice otra gente, que ya no hay un centro absoluto [del arte].
Yo creo que para un artista, la ventaja de estar aquí es la posibilidad que tienes de ver arte, tanto del pasado como del presente. Si eres aficionado, eso es un aprendizaje permanente. Y otra cosa es que aquí no hay prestigio firme, al contrario que en España y en Europa. Aquí la cosa es mucho más silvestre. La ventaja que eso tiene, es que siempre eres consciente de que estás empezando y de que necesitas mucha energía para salir adelante. Esa energía puede ser beneficiosa para tu trabajo.
Su última novela, Ventanas de Manhattan, es un homenaje a esta ciudad. ¿Qué le debe a Nueva York?
Aquí aprendo la importancia de crear una colectividad en la que el origen no cuenta para nada. En la que uno es aquello que quiere ser, o que llega a ser en un momento dado. Uno no trae una esencia. Uno no se relaciona con los demás porque son de su misma sangre o porque son de su misma nacionalidad, te relacionas por ciertas afinidades que vas encontrando. Es una sensación de extranjería que a mi me gusta bastante.
Eso dice en el libro, que esta “es la mejor ciudad para sentirse extranjero”. ¿Sigue sintiéndose extranjero?
Claro, extranjero en mi casa.
Entrevista realizada por Jorge Fernández García
Información publicada en Art Notes 5_05
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